Fecha: 9 de agosto de 2026 Autor: R. Trigo Categoría: GENERALISTA. Tipo: Artículo de opinión.
12A, una noche de dos minutos sobre Galicia
Hay acontecimientos que duran horas, acontecimientos que duran días y acontecimientos que, aunque apenas duran unos minutos, son capaces de movilizar durante meses a gobiernos, empresas, ciudadanos, medios de comunicación y redes sociales.
El próximo 12 de agosto tendremos uno de ellos.
Un eclipse total de Sol se producirá en una amplia franja de la península y, durante unos minutos, el día se convertirá en noche. Será un espectáculo astronómico extraordinario. Una de esas ocasiones en las que la naturaleza nos recuerda, sin necesidad de discursos, que seguimos viviendo en un planeta sometido a leyes que no hemos establecido nosotros, a pesar de las voces que promueven ideas contrarias fomentando la creencia de que el hombre es capaz de controlar o modular positivamente los fenómenos naturales de cierta envergadura.
El verdadero fenómeno que deberíamos observar el día 12 no es solamente el eclipse: ¿por qué no nos observamos a nosotros mismos?
Alrededor de esos pocos minutos se ha levantado una gigantesca estructura humana, psicofísica, económica, tecnológica y logística.
Y ahí es donde el eclipse comienza a resultar un objeto de reflexión sociológica.
El Estado para dos minutos
Miles de personas se desplazarán buscando unos minutos de totalidad. Se reforzarán carreteras, transportes, comunicaciones, servicios sanitarios y dispositivos de seguridad. La Guardia Civil ha anunciado un despliegue extraordinario de más de 24.000 agentes en el conjunto de España, con unidades de tráfico, seguridad ciudadana, medio ambiente, servicios marítimos y aéreos, drones y otros recursos especializados.
En Galicia, la propia Xunta ha preparado un dispositivo específico de protección civil y medidas para reforzar el transporte público ante el incremento previsible de desplazamientos.
No hay nada necesariamente censurable en ello.
Al contrario: cuando millones de personas se desplazan excepcionalmente, es razonable que los poderes públicos prevengan accidentes, colapsos, incendios, problemas sanitarios o situaciones de emergencia.
Pero la magnitud del dispositivo invita a una pregunta.
¿Qué dice de nosotros que seamos capaces de movilizar semejante cantidad de recursos colectivos para garantizar que millones de personas puedan disfrutar durante unos minutos de una experiencia extraordinaria?
La pregunta no pretende negar el valor del acontecimiento.
Pretende ponerlo en relación con otros acontecimientos menos espectaculares de nuestra vida colectiva.
Porque también existen problemas que duran mucho más de dos minutos y para los cuales rara vez contemplamos movilizaciones semejantes de recursos, entusiasmo y voluntad colectiva.
Quizá el eclipse sea una buena ocasión para preguntarnos qué cosas consideramos verdaderamente importantes.
La economía de no perdérselo
Alrededor de la franja de totalidad del eclipse ha aparecido también otro fenómeno: una formidable expectativa de negocio.
Alojamientos, restaurantes, transporte, actividades turísticas, excursiones, observatorios, alquileres, experiencias exclusivas, lugares privilegiados de observación...
La economía ha comprendido rápidamente que hay algo que vender.
Y no hay nada extraño en ello.
Allí donde existe una necesidad, un deseo o una emoción, aparece el mercado.
Pero aquí surge un elemento particularmente interesante: el miedo a quedarse fuera.
No basta con ver el eclipse.
Hay que verlo desde el lugar correcto.
No basta con estar allí.
Hay que estar dentro de la franja de totalidad.
No basta con disfrutarlo.
Hay que fotografiarlo, grabarlo, compartirlo y demostrar que estuvimos allí.
El fenómeno astronómico se transforma así en experiencia de consumo.
Y la experiencia de consumo, a su vez, se transforma en experiencia social.
El eclipse deja de ser solamente un acontecimiento que contemplamos para convertirse en un acontecimiento que debemos poseer.
Aunque solamente sea durante dos minutos.
El extraño poder del "no me lo puedo perder"
Hay una expresión contemporánea que merece quizá más atención de la que solemos concederle:
"No me lo puedo perder."
Parece una frase inocente.
Pero encierra una poderosa estructura psicológica.
¿Por qué no podemos perdérnoslo?
¿Qué sucedería realmente si no estuviéramos allí?
¿Qué perderíamos?
¿Una experiencia estética? ¿Un recuerdo? ¿Una conversación? ¿Una fotografía? ¿Una oportunidad única?
Probablemente sí.
Pero también puede haber algo más profundo: el temor a quedar excluidos de una experiencia colectiva.
El miedo a que los demás hayan vivido algo que nosotros no.
Y ahí aparece el fenómeno conocido como FOMO —fear of missing out—, el miedo a perdernos aquello que otros están disfrutando.
Las redes sociales han convertido este mecanismo en una poderosa fuerza de comportamiento.
Ya no basta con vivir.
Hay que vivir aquello que merece ser mostrado.
Ya no basta con experimentar.
Hay que experimentar lo que otros consideran digno de experimentar.
Y ya no basta con disfrutar.
Hay que poder demostrar que disfrutamos.
El eclipse puede convertirse así en una gigantesca fotografía colectiva de nuestra época.
Millones de personas mirando hacia el cielo.
Y, paradójicamente, muchas de ellas preocupadas simultáneamente por el teléfono móvil.
Una competición por unos segundos
Hay algo todavía más paradójico.
El eclipse será exactamente el mismo para todos.
La Luna no distinguirá entre ricos y pobres.
No distinguirá entre turistas y residentes.
No distinguirá entre quienes pagaron una fortuna por alojarse en un lugar privilegiado y quienes simplemente levantaron la mirada desde el jardín de su casa.
El eclipse es democrático.
Sin embargo, nosotros podemos convertirlo en competitivo.
¿Quién consiguió el mejor lugar?
¿Quién reservó primero?
¿Quién pagó menos?
¿Quién pagó más?
¿Quién consiguió la mejor fotografía?
¿Quién estuvo más cerca?
¿Quién consiguió el alojamiento más exclusivo?
¿Quién tuvo la experiencia más extraordinaria?
Es curioso.
Un fenómeno cósmico que podría recordarnos nuestra pequeñez termina convertido en otra competición humana.
Incluso frente al cielo podemos competir.
El eclipse como fenómeno de masas
Las masas no son necesariamente malas.
Una sociedad necesita acontecimientos colectivos. Necesita rituales, celebraciones, símbolos y experiencias compartidas.
El problema aparece cuando la dimensión colectiva no produce comunidad, sino simplemente agregación.
Una multitud no es necesariamente una comunidad.
Podemos ser millones de personas haciendo exactamente lo mismo y seguir siendo individuos completamente aislados.
Podemos contemplar juntos el mismo eclipse sin experimentar ninguna forma de solidaridad.
Podemos compartir el mismo espectáculo y no compartir absolutamente nada.
Esta distinción me parece fundamental.
La sociedad de masas puede reunir físicamente a las personas sin acercarlas moralmente.
Y quizá esa sea una de las preguntas que deberíamos hacernos el 12 de agosto.
Cuando millones de personas miren simultáneamente hacia el cielo, ¿estaremos viviendo un momento de comunidad?
¿O simplemente estaremos participando en un gigantesco acontecimiento de consumo?
El cuerpo también paga la fiesta
Hay otra dimensión menos visible.
Todo acontecimiento de masas tiene costes.
Horas de carretera.
Atascos.
Esperas.
Calor.
Falta de descanso.
Desplazamientos apresurados.
Saturación de servicios.
Ansiedad.
Preocupación por encontrar el lugar adecuado.
Miedo a llegar tarde.
Necesidad de reservar.
Necesidad de competir.
Necesidad de aprovechar al máximo una experiencia que solamente durará unos minutos.
La propia administración recomienda planificar los desplazamientos y adoptar precauciones específicas para evitar problemas de movilidad y seguridad.
Pero hay un coste psicológico más sutil.
La obligación de disfrutar.
Quizá esta sea una de las características más extrañas de nuestra época.
No solamente tenemos que divertirnos.
Tenemos que aprovechar la diversión.
Una experiencia tiene que ser memorable.
Un viaje tiene que ser extraordinario.
Una comida tiene que ser excepcional.
Un concierto tiene que ser inolvidable.
Un eclipse tiene que ser "el momento de nuestra vida".
Y cuando convertimos el disfrute en obligación, el disfrute comienza a parecerse sospechosamente a un trabajo.
¿Qué estamos buscando realmente?
Aquí aparece, a mi juicio, la cuestión fundamental.
El problema no es viajar para ver un eclipse.
No es gastar dinero.
No es disfrutar.
No es hacer turismo.
No es fotografiar.
No es celebrar.
Todo eso forma parte de una vida humana perfectamente legítima.
La cuestión es otra:
¿Qué lugar ocupa todo ello dentro de nuestra jerarquía de valores?
Porque una sociedad puede dedicar enormes cantidades de energía a satisfacer deseos inmediatos y, al mismo tiempo, mostrar una preocupante incapacidad para ocuparse de necesidades colectivas más profundas.
Podemos organizar extraordinariamente bien un desplazamiento masivo para contemplar dos minutos de oscuridad y ser incapaces de organizar con igual entusiasmo aquello que afecta durante años a la vida de millones de personas.
Podemos convertir un fenómeno astronómico en una extraordinaria oportunidad económica y tener muchas más dificultades para convertir el crecimiento económico en bienestar compartido.
Podemos competir por conseguir el mejor lugar para mirar al cielo y no preocuparnos demasiado por quién se queda atrás en la tierra.
No es una acusación.
Es una paradoja.
Y las paradojas son excelentes instrumentos para pensar.
Una sociedad orientada hacia el disfrute
Quizá el eclipse nos permita contemplar otra característica de nuestra sociedad: la progresiva identificación entre felicidad y consumo de experiencias.
Parece que necesitamos acontecimientos.
Necesitamos estímulos.
Necesitamos novedades.
Necesitamos viajar.
Necesitamos celebrar.
Necesitamos experimentar.
Necesitamos sentir.
Y, sobre todo, necesitamos evitar el aburrimiento.
Pero una vida humana no puede sostenerse indefinidamente sobre la búsqueda de estímulos.
La experiencia intensa no equivale necesariamente a una experiencia valiosa.
El placer no equivale necesariamente a la felicidad.
La diversión no equivale necesariamente al desarrollo personal.
Y la acumulación de experiencias no garantiza una vida con sentido.
Podemos tener miles de fotografías y pocos recuerdos verdaderamente significativos.
Podemos viajar por medio mundo y no haber aprendido a mirar al vecino.
Podemos asistir a acontecimientos extraordinarios y permanecer completamente ajenos a las personas que tenemos al lado.
Podemos incluso contemplar la inmensidad del universo y seguir pensando exclusivamente en nosotros mismos.
Dos minutos que podrían decirnos mucho
El eclipse tendrá una duración limitada.
La totalidad será fugaz.
La sombra atravesará el territorio y desaparecerá.
Después volverá la luz.
Pero quizá nosotros deberíamos intentar que esos dos minutos no fueran solamente un acontecimiento astronómico.
Podrían convertirse también en un pequeño experimento social.
Observar qué hacemos.
Cómo nos comportamos.
Qué estamos dispuestos a pagar.
Hasta dónde estamos dispuestos a desplazarnos.
Cuánto estamos dispuestos a esperar.
Qué sacrificios aceptamos.
Qué recursos colectivos movilizamos.
Qué importancia concedemos a la experiencia.
Y, sobre todo, qué hacemos después de que termine.
Porque el verdadero valor de un acontecimiento quizá no esté solamente en la intensidad con la que lo vivimos, sino en aquello que deja en nosotros.
Si el 12 de agosto miramos al cielo y durante dos minutos sentimos asombro ante la extraordinaria mecánica del universo, quizá hayamos ganado algo.
Si además conseguimos sentirnos parte de una humanidad que comparte el mismo planeta, quizá hayamos ganado mucho más.
Pero si después de esos dos minutos solamente nos queda una fotografía para las redes sociales, una factura del hotel y la satisfacción de poder decir "yo estuve allí", quizá el eclipse haya pasado por encima de nosotros sin haber conseguido realmente iluminarnos.
El cielo no necesita de nosotros
Hay una última ironía.
El eclipse no necesita publicidad.
No necesita promoción.
No necesita una estrategia de marketing.
No necesita que nadie lo convierta en tendencia.
No necesita que nadie lo monetice.
No necesita que lo compartamos.
La Luna pasará delante del Sol exactamente igual si estamos allí como si no estamos.
Y quizá ahí resida su mayor enseñanza.
Durante unos minutos, el universo seguirá funcionando sin tener en cuenta nuestros deseos, nuestras prisas, nuestros teléfonos, nuestros negocios y nuestras pequeñas competiciones.
La sombra avanzará.
El Sol desaparecerá.
El día se hará noche.
Y después todo volverá a ser como antes.
Por eso quizá deberíamos aprovechar esos dos minutos no solamente para mirar hacia arriba, sino también para mirarnos a nosotros mismos.
¿Qué clase de sociedad somos cuando un acontecimiento que dura dos minutos puede movilizar tanta energía, tanto dinero, tanta ansiedad y tanta competencia?
Y, sobre todo:
¿qué otros acontecimientos, mucho más importantes y mucho más duraderos, deberían ser capaces de movilizarnos con la misma intensidad?
Quizá esa sea la verdadera pregunta que nos deja el 12A.
Porque el eclipse durará dos minutos.
Pero lo que esos dos minutos digan de nosotros puede durar bastante más.