Ante la avalancha de descalificaciones de los partidos contrarios al contenido del fallo esperable en la Sentencia del TS en el Caso del Fiscal General, cabe analizar la situación de fondo.
Muchos analistas políticos sostienen que en sistemas democráticos pluralistas, lo esencial para los líderes no es buscar el consenso y el interés general, sino movilizar a sus bases por medio de la distinción radical del contrario.
La polarización, manifestada en el discurso del "vamos a por ellos", es la política de trincheras, un medio eficaz para asegurar la lealtad del votante y la visibilidad mediática. Los líderes ambiciosos, al radicalizar sus diferencias con los opositores, aumentan su poder dentro de la organización, lo que de paso, provoca la fractura social.
El actual ambiente mediático (especialmente las redes sociales) premia los contenidos extremistas, irracionales por su carga emocional y, sobre todo, de enfrentamiento, lo cual se manifiesta en el lenguaje agresivo. Los seguidores (o hooligans políticos) consumen y redistribuyen este contenido, aumentando su sentido de pertenencia y validando su actitud extremista; un círculo vicioso de polarización social.
Asistimos a un pleno espectáculo de captura de la Agenda Política. Las grandes empresas (financieras, energéticas, sindicatos, etc.) no generan ni consumen ideología, sino que financian aquellas ideas que les son favorables, sin que sea relevante el color político del partido que las promueve. Por ello, no es contradictorio para ellas estar con la derecha o con la izquierda y, a la vez, combatir o apoyar el ecologismo, la lucha medioambiental, el cambio climático o la desaparición de combustibles fósiles, nucleares o fuentes renovables. Apoyarán unas ideas u otras, a veces de manera contradictoria, según se adapten a sus intereses económicos y de poder.
Por ejemplo: la izquierda puede ser arrinconada o presionada por lobbies de energías renovables o tecnológicas, mientras que la derecha será fácilmente presionada por la banca o las grandes constructoras. La ideología actúa como la excusa perfecta, una fachada moral o filosófica, que da legitimidad y apariencia de bien hacer a una política que solo beneficia a un interés económico concreto.
El fenómeno de las puertas giratorias, mencionado por ciertos sectores de la ultraizquierda en España, es un ejemplo concreto de la interdependencia entre el poder político y económico. Los expolíticos pasan a ocupar puestos importantes en empresas reguladas o controladas por el Gobierno del que formaban parte, y viceversa. De este modo, resulta muy posible que las decisiones políticas hayan estado orientadas y contaminadas por la expectativa de ese futuro traslado.
Esta situación exige responsabilidades a la clase dirigente y del ciudadano:
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Responsabilidad de la Clase Política: Los políticos tienen la responsabilidad moral de atender al interés general y no a sus propios criterios interesados. Solo eludiendo estas tácticas es posible alcanzar un pacto tácito de mínimos honorables que antepongan la salud democrática a los resultados electorales. Deben evitar la deshumanización del adversario, aceptar los resultados electorales sin cuestionar la legitimidad del sistema (si no hay pruebas de fraude) y buscar espacios de acuerdo en temas de Estado.
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El Despertar del Ciudadano: Es imprescindible una mayor conciencia sobre el uso de la propia ideología por parte del poder. Si los partidos no demuestran autocrítica, la presión del pueblo es fundamental. Se necesitan ciudadanos informados y críticos, que penalicen en las urnas la confrontación estéril, las mentiras obvias o la dependencia de lobbies.
(Ricardo Trigo)