PORTADA DE EL MUNDO Sábado, 11 de julio de 2026
Análisis
Europa aplaca a Trump con más gasto y lo implica frente a Rusia.
Fecha: 9 de julio de 2026 Autor: R. Trigo Categoría: Política internacional · Defensa · Relaciones internacionales Estado: Artículo de opinión Europa, Trump y el coste de la seguridad: lo que dicen los hechos El titular de primera página de El Mundo hoy —«Europa aplaca a Trump con más gasto y lo implica frente a Rusia»— es un buen ejemplo de cómo el lenguaje periodístico puede condicionar la lectura de un hecho político sin faltar, en sentido estricto, a la verdad. Conviene separar dos afirmaciones que el titular funde en una: primera, que Europa va a incrementar de forma sustancial su gasto militar; segunda, que lo hace para aplacar a Trump. La primera es un hecho verificable. La segunda es una interpretación causal —y no la única posible. El hecho. Trump sostiene desde su primer mandato que los aliados europeos no cumplían su parte del esfuerzo de defensa dentro de la OTAN, dejando a Estados Unidos con una carga desproporcionada. Esa posición generó fricciones serias, hasta el punto de plantearse como un riesgo para la cohesión de la Alianza. Hoy, los gobiernos europeos han asumido incrementos de gasto militar que hace pocos años se habrían considerado inasumibles políticamente. La interpretación en disputa. ¿Es esto una concesión a Trump, o una respuesta a la agresión rusa contra Ucrania y al deterioro general de la seguridad europea? El titular elige la primera lectura —«aplacar»— porque personaliza el conflicto y lo simplifica en una relación bilateral entre Trump y "Europa". Pero si la causa principal del giro es la amenaza rusa, entonces lo que ha ocurrido no es que Europa haya cedido ante Trump, sino que las circunstancias le han dado la razón en el diagnóstico —algo distinto, y jurídicamente relevante, porque no es lo mismo actuar bajo presión de un tercero que actuar por interés propio con el que ese tercero coincide. Dicho esto, tampoco conviene idealizar el proceso: durante años, la respuesta europea a las advertencias de Washington fue la inacción, y el cambio se ha producido bajo una presión política real, tanto la de Trump como la del propio riesgo bélico. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez, y probablemente lo son. Lo que el titular no dice. El aumento de gasto plantea cuestiones que sí merecerían primera plana y que hoy quedan fuera del debate público: Financiación. ¿Se cubre con presión fiscal adicional, deuda pública o recorte de partidas sociales? Los compromisos de gasto asumidos —hacia el entorno del 3,5-5% del PIB en algunos formatos de acuerdo discutidos en la OTAN— no son neutros desde el punto de vista presupuestario, y cada vía tiene consecuencias distributivas distintas que ningún gobierno ha explicado con claridad. Autonomía industrial. ¿El gasto refuerza una base industrial europea de defensa, o se traduce en compras a la industria armamentística estadounidense, profundizando la dependencia que en teoría se quiere corregir? Esta es, a mi juicio, la pregunta jurídica y estratégicamente más relevante, y la que menos espacio mediático recibe. Ninguna de las dos cuestiones se resuelve con un titular sobre quién "aplaca" a quién. Se resuelven con las leyes de presupuestos, los contratos de adquisición y los tratados que se firmen en los próximos años —documentos que no suelen ser noticia, aunque son los que de verdad condicionan la seguridad, la economía y la libertad de los ciudadanos durante décadas. Por eso creo que, dentro de unos años, este episodio no se recordará como el momento en que Europa «aplacó» a Trump, sino como el momento en que —tarde, y por motivos no enteramente propios— reconoció la necesidad de asumir su propia defensa. El Derecho, como la política internacional, exige distinguir entre el hecho y su relato. El titular dura un día; la decisión, décadas.
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Europa aplaca a Trump con más gasto y lo implica frente a Rusia.

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Fecha: 9 de julio de 2026 Autor: R. Trigo Categoría: Política internacional · Defensa · Relaciones internacionales Estado: Artículo de opinión

Europa, Trump y el coste de la seguridad: lo que dicen los hechos

El titular de primera página de El Mundo hoy —«Europa aplaca a Trump con más gasto y lo implica frente a Rusia»— es un buen ejemplo de cómo el lenguaje periodístico puede condicionar la lectura de un hecho político sin faltar, en sentido estricto, a la verdad.

Conviene separar dos afirmaciones que el titular funde en una: primera, que Europa va a incrementar de forma sustancial su gasto militar; segunda, que lo hace para aplacar a Trump. La primera es un hecho verificable. La segunda es una interpretación causal —y no la única posible.

El hecho. Trump sostiene desde su primer mandato que los aliados europeos no cumplían su parte del esfuerzo de defensa dentro de la OTAN, dejando a Estados Unidos con una carga desproporcionada. Esa posición generó fricciones serias, hasta el punto de plantearse como un riesgo para la cohesión de la Alianza. Hoy, los gobiernos europeos han asumido incrementos de gasto militar que hace pocos años se habrían considerado inasumibles políticamente.

La interpretación en disputa. ¿Es esto una concesión a Trump, o una respuesta a la agresión rusa contra Ucrania y al deterioro general de la seguridad europea? El titular elige la primera lectura —«aplacar»— porque personaliza el conflicto y lo simplifica en una relación bilateral entre Trump y "Europa". Pero si la causa principal del giro es la amenaza rusa, entonces lo que ha ocurrido no es que Europa haya cedido ante Trump, sino que las circunstancias le han dado la razón en el diagnóstico —algo distinto, y jurídicamente relevante, porque no es lo mismo actuar bajo presión de un tercero que actuar por interés propio con el que ese tercero coincide.

Dicho esto, tampoco conviene idealizar el proceso: durante años, la respuesta europea a las advertencias de Washington fue la inacción, y el cambio se ha producido bajo una presión política real, tanto la de Trump como la del propio riesgo bélico. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez, y probablemente lo son.

Lo que el titular no dice. El aumento de gasto plantea cuestiones que sí merecerían primera plana y que hoy quedan fuera del debate público:

  • Financiación. ¿Se cubre con presión fiscal adicional, deuda pública o recorte de partidas sociales? Los compromisos de gasto asumidos —hacia el entorno del 3,5-5% del PIB en algunos formatos de acuerdo discutidos en la OTAN— no son neutros desde el punto de vista presupuestario, y cada vía tiene consecuencias distributivas distintas que ningún gobierno ha explicado con claridad.
  • Autonomía industrial. ¿El gasto refuerza una base industrial europea de defensa, o se traduce en compras a la industria armamentística estadounidense, profundizando la dependencia que en teoría se quiere corregir? Esta es, a mi juicio, la pregunta jurídica y estratégicamente más relevante, y la que menos espacio mediático recibe.

Ninguna de las dos cuestiones se resuelve con un titular sobre quién "aplaca" a quién. Se resuelven con las leyes de presupuestos, los contratos de adquisición y los tratados que se firmen en los próximos años —documentos que no suelen ser noticia, aunque son los que de verdad condicionan la seguridad, la economía y la libertad de los ciudadanos durante décadas.

Por eso creo que, dentro de unos años, este episodio no se recordará como el momento en que Europa «aplacó» a Trump, sino como el momento en que —tarde, y por motivos no enteramente propios— reconoció la necesidad de asumir su propia defensa. El Derecho, como la política internacional, exige distinguir entre el hecho y su relato. El titular dura un día; la decisión, décadas.

PORTADA DEL PAÍS Sábado, 11 de julio de 2026
Análisis
Feijóo extiende las sospechas sobre el censo de las elecciones
  El fraude de ley como método de gobierno La controversia suscitada por las recientes declaraciones de Alberto Núñez Feijóo acerca de una posible alteración del censo electoral, tras las modificaciones introducidas en la legislación sobre adquisición de la nacionalidad española, obliga a reflexionar sobre una cuestión de mayor alcance: el uso de las prerrogativas del Gobierno cuando estas inciden directamente en el equilibrio institucional del sistema democrático. Si finalmente se produce un incremento significativo de nuevos electores derivados de la concesión de la nacionalidad por razón de ascendencia familiar, el debate no puede limitarse al número de incorporaciones al censo. Debe extenderse al momento político elegido para ello, a la distribución territorial de esos nuevos electores y a la incidencia que pueda tener sobre circunscripciones concretas. Desde la oposición se sostiene que la medida genera una ventaja electoral para el PSOE; el Gobierno la presenta como el cumplimiento de una deuda histórica con los descendientes de españoles emigrados. Son interpretaciones políticas legítimamente contrapuestas, pero en un Estado de Derecho solo pueden valorarse con rigor a partir de datos objetivos y de la aplicación estricta de la legislación electoral, no de la conveniencia coyuntural del Ejecutivo. Existe, sin embargo, un problema institucional de fondo que trasciende la polémica concreta sobre el censo: la forma en que este Gobierno ha venido ejerciendo el poder normativo durante la legislatura. El recurso reiterado al Real Decreto-Ley ha dejado de ser, en la práctica, la herramienta excepcional que la Constitución prevé para situaciones de extraordinaria y urgente necesidad —artículo 86 CE— para convertirse en un mecanismo ordinario de producción normativa. Esto no es una apreciación política: es una alteración objetiva del equilibrio diseñado por el constituyente entre Gobierno y Cortes Generales. No se cuestiona aquí la constitucionalidad abstracta del Decreto-Ley, instrumento legítimo cuando concurren los presupuestos constitucionales que lo habilitan. Lo que resulta inaceptable es su utilización sistemática como vía para gobernar evitando el debate parlamentario previo, reduciendo la deliberación política a su mínima expresión y desplazando al Poder Legislativo de su función constitucional. Por su carácter ejecutivo inmediato, el Decreto-Ley puede generar situaciones de hecho consolidadas incluso antes de que las Cortes se pronuncien sobre su convalidación —y a veces aunque finalmente no la obtengan—. Ese uso instrumental, orientado a crear hechos consumados al margen del control parlamentario, es lo que cabe calificar sin ambages de fraudulento. Cuando un Gobierno carece de mayoría parlamentaria estable, la tentación de sustituir la negociación política por la legislación de urgencia no solo aumenta: se convierte en estrategia de supervivencia. El resultado es una degradación progresiva del principio representativo. Las Cortes dejan de ser el escenario donde se forman las leyes para convertirse, con demasiada frecuencia, en una cámara de mera convalidación de decisiones ya adoptadas por el Ejecutivo. La conexión entre ambas cuestiones —la eventual incidencia de determinadas decisiones gubernamentales sobre el cuerpo electoral y el uso intensivo del Decreto-Ley— reside precisamente en la concentración del poder político en manos del Ejecutivo. En ambos casos, el Gobierno utiliza competencias que el ordenamiento jurídico le reconoce, pero cuya utilización reiterada y estratégicamente orientada desnaturaliza la finalidad para la que esas potestades fueron concebidas. Conviene recordar aquí una distinción clásica del Derecho Público: no todo lo legal resulta conforme con la finalidad para la que una potestad fue atribuida. De ahí la pertinencia del concepto de fraude de ley, que consiste precisamente en alcanzar un resultado distinto del perseguido por la norma mediante la utilización formalmente correcta de un instrumento jurídico. Afirmar la existencia de fraude de ley exige, ciertamente, un análisis jurídico riguroso caso por caso —y no puede derivarse de la mera discrepancia política—, pero el patrón sistemático que observamos en esta legislatura ya no admite ser despachado como anécdota. Las democracias constitucionales no se erosionan únicamente mediante rupturas abruptas del orden jurídico. El deterioro institucional avanza, con mayor frecuencia, a través de la utilización expansiva de mecanismos excepcionales, de la progresiva marginación del debate parlamentario y del debilitamiento silencioso de los contrapesos constitucionales. España conoció ya, en su historia reciente, hasta dónde puede llegar la negación de legitimidad al adversario político cuando una formación entiende que el resultado electoral es negociable y la legalidad, prescindible. El precedente más documentado es el de Francisco Largo Caballero, entonces máximo dirigente del PSOE y de la UGT. Tras la derrota electoral de las izquierdas en noviembre de 1933, Largo Caballero encabezó la insurrección armada de octubre de 1934 —que solo se consolidó en Asturias y dejó más de mil muertos—, por la que fue procesado y encarcelado. Lejos de rectificar, en un mitin en Alicante el 19 de enero de 1936, dirigiéndose explícitamente a la derecha, advirtió que si ésta ganaba las elecciones, sus partidarios no se limitarían a la oposición legal sino que llegarían a "la guerra civil declarada", y remató subrayando que no eran palabras vacías: ellos lo llevarían a la práctica. La fuente primaria —El Socialista, nº 8.044, 28 de enero de 1936— está documentada, y el episodio aparece recogido tanto en la Wikipedia en español como en un análisis del propio diario Público, que reconstruye con detalle la deriva insurreccional del dirigente socialista entre 1933 y 1936. No se trata de equiparar mecánicamente aquel contexto —el de una República convulsa, con violencia política de uno y otro signo, a las puertas de una Guerra Civil— con la situación actual: las circunstancias, los actores y la gravedad de la crisis de 1934-1936 no son comparables sin matices groseros. Pero sí cabe extraer una lección que la historia constitucional española no debería permitirse olvidar: cuando un sector político empieza a tratar el resultado de las urnas y las reglas del juego democrático como un obstáculo prescindible —ya sea mediante la insurrección armada, como entonces, o mediante el uso sistemático de instrumentos normativos de excepción para sortear el control parlamentario, como ahora— el deterioro institucional deja de ser una hipótesis retórica para convertirse en un proceso verificable. El verdadero debate, por tanto, no debería limitarse a determinar quién obtiene una ventaja electoral coyuntural, sino a preservar algo de mayor calado: que las reglas del juego democrático permanezcan estables, que el Parlamento recupere su función efectiva de control y producción legislativa, y que las potestades extraordinarias del Gobierno vuelvan a ser, precisamente, eso: extraordinarias. La fortaleza de una democracia no se mide solo por la celebración periódica de elecciones, sino por la calidad de sus instituciones y por el respeto efectivo al equilibrio constitucional de poderes — algo que esta legislatura, con su uso instrumental del Decreto-Ley, pone en serio entredicho.
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Feijóo extiende las sospechas sobre el censo de las elecciones

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El fraude de ley como método de gobierno

La controversia suscitada por las recientes declaraciones de Alberto Núñez Feijóo acerca de una posible alteración del censo electoral, tras las modificaciones introducidas en la legislación sobre adquisición de la nacionalidad española, obliga a reflexionar sobre una cuestión de mayor alcance: el uso de las prerrogativas del Gobierno cuando estas inciden directamente en el equilibrio institucional del sistema democrático.

Si finalmente se produce un incremento significativo de nuevos electores derivados de la concesión de la nacionalidad por razón de ascendencia familiar, el debate no puede limitarse al número de incorporaciones al censo. Debe extenderse al momento político elegido para ello, a la distribución territorial de esos nuevos electores y a la incidencia que pueda tener sobre circunscripciones concretas. Desde la oposición se sostiene que la medida genera una ventaja electoral para el PSOE; el Gobierno la presenta como el cumplimiento de una deuda histórica con los descendientes de españoles emigrados. Son interpretaciones políticas legítimamente contrapuestas, pero en un Estado de Derecho solo pueden valorarse con rigor a partir de datos objetivos y de la aplicación estricta de la legislación electoral, no de la conveniencia coyuntural del Ejecutivo.

Existe, sin embargo, un problema institucional de fondo que trasciende la polémica concreta sobre el censo: la forma en que este Gobierno ha venido ejerciendo el poder normativo durante la legislatura.

El recurso reiterado al Real Decreto-Ley ha dejado de ser, en la práctica, la herramienta excepcional que la Constitución prevé para situaciones de extraordinaria y urgente necesidad —artículo 86 CE— para convertirse en un mecanismo ordinario de producción normativa. Esto no es una apreciación política: es una alteración objetiva del equilibrio diseñado por el constituyente entre Gobierno y Cortes Generales.

No se cuestiona aquí la constitucionalidad abstracta del Decreto-Ley, instrumento legítimo cuando concurren los presupuestos constitucionales que lo habilitan. Lo que resulta inaceptable es su utilización sistemática como vía para gobernar evitando el debate parlamentario previo, reduciendo la deliberación política a su mínima expresión y desplazando al Poder Legislativo de su función constitucional. Por su carácter ejecutivo inmediato, el Decreto-Ley puede generar situaciones de hecho consolidadas incluso antes de que las Cortes se pronuncien sobre su convalidación —y a veces aunque finalmente no la obtengan—. Ese uso instrumental, orientado a crear hechos consumados al margen del control parlamentario, es lo que cabe calificar sin ambages de fraudulento.

Cuando un Gobierno carece de mayoría parlamentaria estable, la tentación de sustituir la negociación política por la legislación de urgencia no solo aumenta: se convierte en estrategia de supervivencia. El resultado es una degradación progresiva del principio representativo. Las Cortes dejan de ser el escenario donde se forman las leyes para convertirse, con demasiada frecuencia, en una cámara de mera convalidación de decisiones ya adoptadas por el Ejecutivo.

La conexión entre ambas cuestiones —la eventual incidencia de determinadas decisiones gubernamentales sobre el cuerpo electoral y el uso intensivo del Decreto-Ley— reside precisamente en la concentración del poder político en manos del Ejecutivo. En ambos casos, el Gobierno utiliza competencias que el ordenamiento jurídico le reconoce, pero cuya utilización reiterada y estratégicamente orientada desnaturaliza la finalidad para la que esas potestades fueron concebidas.

Conviene recordar aquí una distinción clásica del Derecho Público: no todo lo legal resulta conforme con la finalidad para la que una potestad fue atribuida. De ahí la pertinencia del concepto de fraude de ley, que consiste precisamente en alcanzar un resultado distinto del perseguido por la norma mediante la utilización formalmente correcta de un instrumento jurídico. Afirmar la existencia de fraude de ley exige, ciertamente, un análisis jurídico riguroso caso por caso —y no puede derivarse de la mera discrepancia política—, pero el patrón sistemático que observamos en esta legislatura ya no admite ser despachado como anécdota.

Las democracias constitucionales no se erosionan únicamente mediante rupturas abruptas del orden jurídico. El deterioro institucional avanza, con mayor frecuencia, a través de la utilización expansiva de mecanismos excepcionales, de la progresiva marginación del debate parlamentario y del debilitamiento silencioso de los contrapesos constitucionales.

España conoció ya, en su historia reciente, hasta dónde puede llegar la negación de legitimidad al adversario político cuando una formación entiende que el resultado electoral es negociable y la legalidad, prescindible. El precedente más documentado es el de Francisco Largo Caballero, entonces máximo dirigente del PSOE y de la UGT. Tras la derrota electoral de las izquierdas en noviembre de 1933, Largo Caballero encabezó la insurrección armada de octubre de 1934 —que solo se consolidó en Asturias y dejó más de mil muertos—, por la que fue procesado y encarcelado. Lejos de rectificar, en un mitin en Alicante el 19 de enero de 1936, dirigiéndose explícitamente a la derecha, advirtió que si ésta ganaba las elecciones, sus partidarios no se limitarían a la oposición legal sino que llegarían a "la guerra civil declarada", y remató subrayando que no eran palabras vacías: ellos lo llevarían a la práctica. La fuente primaria —El Socialista, nº 8.044, 28 de enero de 1936— está documentada, y el episodio aparece recogido tanto en la Wikipedia en español como en un análisis del propio diario Público, que reconstruye con detalle la deriva insurreccional del dirigente socialista entre 1933 y 1936.

No se trata de equiparar mecánicamente aquel contexto —el de una República convulsa, con violencia política de uno y otro signo, a las puertas de una Guerra Civil— con la situación actual: las circunstancias, los actores y la gravedad de la crisis de 1934-1936 no son comparables sin matices groseros. Pero sí cabe extraer una lección que la historia constitucional española no debería permitirse olvidar: cuando un sector político empieza a tratar el resultado de las urnas y las reglas del juego democrático como un obstáculo prescindible —ya sea mediante la insurrección armada, como entonces, o mediante el uso sistemático de instrumentos normativos de excepción para sortear el control parlamentario, como ahora— el deterioro institucional deja de ser una hipótesis retórica para convertirse en un proceso verificable.

El verdadero debate, por tanto, no debería limitarse a determinar quién obtiene una ventaja electoral coyuntural, sino a preservar algo de mayor calado: que las reglas del juego democrático permanezcan estables, que el Parlamento recupere su función efectiva de control y producción legislativa, y que las potestades extraordinarias del Gobierno vuelvan a ser, precisamente, eso: extraordinarias. La fortaleza de una democracia no se mide solo por la celebración periódica de elecciones, sino por la calidad de sus instituciones y por el respeto efectivo al equilibrio constitucional de poderes — algo que esta legislatura, con su uso instrumental del Decreto-Ley, pone en serio entredicho.

PORTADA DE EL DIARIO DE SEVILLA Sábado, 11 de julio de 2026
Análisis
Más allá del eslogan: qué significan realmente izquierda y derecha
Fecha: 6 de julio de 2026 Autor: R. Trigo Categoría: Política Filosofía del Derecho Estado: Artículo de opinión Izquierda y derecha: dos categorías políticas, no dos religiones morales Todos tenemos una idea particular del significado de la díada izquierda/derecha. Pero cuando se intenta acceder a una noción objetiva surgen múltiples contradicciones. Unos identifican derecha con libertad y otros con autoritarismo; unos defienden que izquierda es igualdad, mientras otros lo hacen con el intervencionismo. Este maremágnum de ideas contradictorias y muchas veces beligerantes pone en evidencia que la realidad es bastante más compleja. El primer y grave error consiste en identificar ideología con los partidos que proclaman ser sus representantes. El segundo, no menos grave, es creer que izquierda y derecha son conceptos morales. Nada más lejos de la realidad, porque son categorías políticas nacidas hace más de 200 años. Si buscamos su origen, aunque sea formal, nos encontramos con que en la Asamblea Nacional francesa de 1789 aquellos que eran partidarios del rey se sentaban a la derecha, mientras que quienes pretendían limitar su poder lo hacían a la izquierda. Es un origen formal o físico, disposicional, de un mero símbolo que ha evolucionado enormemente hasta hoy: lo que ha cambiado con el tiempo no es la forma binaria del eje, sino el contenido semántico que cada época ha ido depositando en cada uno de sus lados. Para desentrañar el concepto no hay que hablar de partidos, sino de cómo responden una idea y otra a las mismas preguntas: ¿qué es igualdad?, ¿cuánto protagonismo hay que dar al Estado?, ¿qué valores se priorizan en cada caso? Así, la izquierda impulsa la desaparición de las desigualdades sociales, mientras la derecha acepta parcialmente la desigualdad si surge del ejercicio de la libertad individual. También la izquierda propugna la intervención principal del Estado, mientras la derecha da más peso a la iniciativa privada; es decir, hay izquierdas intervencionistas y derechas liberales. La izquierda pone el acento en valores como igualdad, solidaridad y protección social; la derecha, en libertad, responsabilidad individual y propiedad. Pero ambas colecciones son en realidad prioridades, no absolutos. Así, no toda izquierda es igualitaria, porque hay muchos casos de izquierda socialista, socialdemócrata, comunista, ecologista... En contrapartida, hay derecha conservadora, nacionalista, liberal clásica... La cuestión de fondo es reconocer que no existe incompatibilidad entre libertad e igualdad. La contienda surge cuando se decide cuánto hay que sacrificar de una para obtener más de la otra. En este panorama es fácil caer en la caricatura: “la derecha es de los ricos”; “la izquierda empobrece y no genera medios, los dilapida”. En realidad, ambas caricaturas forman parte del discurso de todos los sistemas políticos. Por eso hoy no basta la etiqueta: hay partidos de izquierdas económicamente igualitarios y socialmente conservadores, y partidos económicamente liberales y culturalmente progresistas. Hay que evitar, por lo tanto, la manipulación, distinguiendo lo que es análisis de lo que es mera propaganda. Derecha e izquierda no son sinónimos de buenos o malos, inteligentes o ignorantes, demócratas o autoritarios. Son tradiciones políticas que responden de manera diferente a cuestiones permanentes: cuánto poder debe tener el Estado, cómo repartir la riqueza, qué papel desempeña el mercado, qué importancia tienen la tradición, la libertad y la igualdad. Comprenderlas exige abandonar los eslóganes y analizar los principios. Solo así puede formarse un criterio propio, libre tanto de la propaganda partidista como de la demagogia. La verdadera división no es entre quienes se llaman de derechas y quienes se llaman de izquierdas. La verdadera división está entre quienes razonan y quienes simplemente repiten consignas. Una ciudadanía libre no necesita elegir primero un bando; necesita comprender antes los principios, contrastar los hechos y juzgar después las propuestas. Un ejemplo aplicado: el caso español Este esquema conceptual permite entender un fenómeno recurrente en la política española reciente que recuerda, por su lógica de movilización permanente y deslegitimación del adversario, a la estrategia del Frente Popular en los años previos a la Guerra Civil. Una parte de la izquierda mantiene un estado de movilización casi permanente —manifestaciones, campañas mediáticas, relatos de emergencia democrática— cuyo efecto práctico es deslegitimar de antemano cualquier alternancia hacia una opción de derechas, y hacerlo presentando a esa derecha bajo una imagen trasnochada, parcial y deformada, más cercana al pasado que a las opciones reales existentes en el arco parlamentario actual. Esta estrategia cobra especial relevancia cuando quien la despliega es precisamente un Gobierno que gobierna sin mayoría parlamentaria propia, que ha convertido el decreto-ley en su principal herramienta legislativa —viéndose incluso derogados varios de ellos en el Congreso— y que tiene abiertas causas judiciales por corrupción contra personas de su entorno más próximo, causas que, mientras no exista sentencia firme, deben entenderse en el marco de la presunción de inocencia, pero que no por ello dejan de constituir un hecho procesal verificable y de indudable relevancia política. En ese contexto, evitar la convocatoria de elecciones y sustituir el contraste de programas por la agitación del fantasma del franquismo no es debate político: es la explotación de un estereotipo histórico como herramienta para cerrar la discusión antes de abrirla, y para que el pueblo no tenga ocasión de pronunciarse. Es exactamente el mecanismo de manipulación descrito más arriba, aplicado al caso concreto.
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Más allá del eslogan: qué significan realmente izquierda y derecha

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Fecha: 6 de julio de 2026 Autor: R. Trigo Categoría: Política Filosofía del Derecho Estado: Artículo de opinión

Izquierda y derecha: dos categorías políticas, no dos religiones morales

Todos tenemos una idea particular del significado de la díada izquierda/derecha. Pero cuando se intenta acceder a una noción objetiva surgen múltiples contradicciones. Unos identifican derecha con libertad y otros con autoritarismo; unos defienden que izquierda es igualdad, mientras otros lo hacen con el intervencionismo. Este maremágnum de ideas contradictorias y muchas veces beligerantes pone en evidencia que la realidad es bastante más compleja.

El primer y grave error consiste en identificar ideología con los partidos que proclaman ser sus representantes. El segundo, no menos grave, es creer que izquierda y derecha son conceptos morales. Nada más lejos de la realidad, porque son categorías políticas nacidas hace más de 200 años.

Si buscamos su origen, aunque sea formal, nos encontramos con que en la Asamblea Nacional francesa de 1789 aquellos que eran partidarios del rey se sentaban a la derecha, mientras que quienes pretendían limitar su poder lo hacían a la izquierda. Es un origen formal o físico, disposicional, de un mero símbolo que ha evolucionado enormemente hasta hoy: lo que ha cambiado con el tiempo no es la forma binaria del eje, sino el contenido semántico que cada época ha ido depositando en cada uno de sus lados.

Para desentrañar el concepto no hay que hablar de partidos, sino de cómo responden una idea y otra a las mismas preguntas: ¿qué es igualdad?, ¿cuánto protagonismo hay que dar al Estado?, ¿qué valores se priorizan en cada caso?

Así, la izquierda impulsa la desaparición de las desigualdades sociales, mientras la derecha acepta parcialmente la desigualdad si surge del ejercicio de la libertad individual. También la izquierda propugna la intervención principal del Estado, mientras la derecha da más peso a la iniciativa privada; es decir, hay izquierdas intervencionistas y derechas liberales.

La izquierda pone el acento en valores como igualdad, solidaridad y protección social; la derecha, en libertad, responsabilidad individual y propiedad. Pero ambas colecciones son en realidad prioridades, no absolutos.

Así, no toda izquierda es igualitaria, porque hay muchos casos de izquierda socialista, socialdemócrata, comunista, ecologista... En contrapartida, hay derecha conservadora, nacionalista, liberal clásica...

La cuestión de fondo es reconocer que no existe incompatibilidad entre libertad e igualdad. La contienda surge cuando se decide cuánto hay que sacrificar de una para obtener más de la otra.

En este panorama es fácil caer en la caricatura: “la derecha es de los ricos”; “la izquierda empobrece y no genera medios, los dilapida”. En realidad, ambas caricaturas forman parte del discurso de todos los sistemas políticos. Por eso hoy no basta la etiqueta: hay partidos de izquierdas económicamente igualitarios y socialmente conservadores, y partidos económicamente liberales y culturalmente progresistas.

Hay que evitar, por lo tanto, la manipulación, distinguiendo lo que es análisis de lo que es mera propaganda. Derecha e izquierda no son sinónimos de buenos o malos, inteligentes o ignorantes, demócratas o autoritarios. Son tradiciones políticas que responden de manera diferente a cuestiones permanentes: cuánto poder debe tener el Estado, cómo repartir la riqueza, qué papel desempeña el mercado, qué importancia tienen la tradición, la libertad y la igualdad.

Comprenderlas exige abandonar los eslóganes y analizar los principios. Solo así puede formarse un criterio propio, libre tanto de la propaganda partidista como de la demagogia.

La verdadera división no es entre quienes se llaman de derechas y quienes se llaman de izquierdas. La verdadera división está entre quienes razonan y quienes simplemente repiten consignas. Una ciudadanía libre no necesita elegir primero un bando; necesita comprender antes los principios, contrastar los hechos y juzgar después las propuestas.

Un ejemplo aplicado: el caso español

Este esquema conceptual permite entender un fenómeno recurrente en la política española reciente que recuerda, por su lógica de movilización permanente y deslegitimación del adversario, a la estrategia del Frente Popular en los años previos a la Guerra Civil. Una parte de la izquierda mantiene un estado de movilización casi permanente —manifestaciones, campañas mediáticas, relatos de emergencia democrática— cuyo efecto práctico es deslegitimar de antemano cualquier alternancia hacia una opción de derechas, y hacerlo presentando a esa derecha bajo una imagen trasnochada, parcial y deformada, más cercana al pasado que a las opciones reales existentes en el arco parlamentario actual.

Esta estrategia cobra especial relevancia cuando quien la despliega es precisamente un Gobierno que gobierna sin mayoría parlamentaria propia, que ha convertido el decreto-ley en su principal herramienta legislativa —viéndose incluso derogados varios de ellos en el Congreso— y que tiene abiertas causas judiciales por corrupción contra personas de su entorno más próximo, causas que, mientras no exista sentencia firme, deben entenderse en el marco de la presunción de inocencia, pero que no por ello dejan de constituir un hecho procesal verificable y de indudable relevancia política. En ese contexto, evitar la convocatoria de elecciones y sustituir el contraste de programas por la agitación del fantasma del franquismo no es debate político: es la explotación de un estereotipo histórico como herramienta para cerrar la discusión antes de abrirla, y para que el pueblo no tenga ocasión de pronunciarse. Es exactamente el mecanismo de manipulación descrito más arriba, aplicado al caso concreto.

PORTADA DEL ABC Sábado, 11 de julio de 2026
Análisis
Lo que el Comité Federal es incompetente para resolver
Fecha: 28 de junio de 2026 Autor: R. Trigo Categoría: Política nacional · Consitución · Partidos Estado: Artículo de opinión La competencia del Comité Federal y sus límites El Comité Federal del PSOE celebrado el 27 de junio ha ratificado por abrumadora mayoría el liderazgo de Pedro Sánchez. La foto de unidad es irreprochable como acto interno de partido. Pero conviene precisar, con rigor, lo que ese órgano puede hacer y lo que estructuralmente no puede: puede expresar adhesión a su secretario general; no puede resolver las cuestiones que la actual crisis política ha puesto sobre la mesa. No porque le falte voluntad, sino porque le falta competencia. Son cuestiones de otro orden. El Comité Federal es el órgano de dirección interna de una formación política. Sus resoluciones vinculan a los militantes del PSOE. No vinculan a la Constitución, no vinculan a la sociedad y, desde luego, no resuelven los déficits de legitimidad política que se acumulan desde hace varios años en el Gobierno que ese partido sustenta. La distinción que el debate público elude Legalidad y legitimidad política no son sinónimos. Esta distinción, elemental en cualquier manual de Teoría del Estado, es la que con mayor consistencia se elude en el debate público español. El Gobierno de Pedro Sánchez mantiene íntegra su legalidad constitucional. Dispone de mayoría parlamentaria. No ha perdido ninguna votación de confianza. Las formas se cumplen. Pero la legitimidad política es otra cosa: es la correspondencia entre el ejercicio del poder y la confianza activa de una parte sustancial de la sociedad. Y esa correspondencia se ha deteriorado de forma acelerada, no como resultado de la propaganda opositora, sino como consecuencia de hechos verificables y de procedimientos judiciales en curso o ya resueltos mediante condenas firmes. Cuando una parte significativa de la ciudadanía percibe que el sostenimiento del Gobierno ha pasado a ser el objetivo principal del Gobierno mismo, que las explicaciones políticas ante los ciudadanos son sustituidas por la aritmética parlamentaria, y que el escrutinio público se esquiva sistemáticamente mediante la invocación de mayorías que, en sentido estricto, nadie eligió para ese fin concreto, el sistema continúa siendo formalmente democrático pero empieza a funcionar con una fricción institucional que ningún comité interno puede eliminar. La arquitectura de la mayoría y su coste constitucional El Gobierno se sostiene sobre una coalición parlamentaria que incluye formaciones cuyo proyecto político es, en varios casos, incompatible con los principios constitucionales que el propio Ejecutivo tiene el deber de defender. Esto no es una denuncia: es una descripción del problema. Bildu, Junts, Esquerra Republicana de Catalunya sostienen la investidura y la estabilidad de un Gobierno que, en virtud de ese apoyo, negocia con ellas de forma continua concesiones cuyo alcance constitucional es objeto de legítima controversia jurídica. La amnistía aprobada en la anterior legislatura es el ejemplo más nítido: su compatibilidad con el artículo 14 y con el principio de igualdad ante la ley sigue siendo debatida en instancias judiciales europeas. Es un asunto abierto, no cerrado. Lo que el Comité Federal no puede hacer es pronunciarse sobre si esas concesiones son o no compatibles con la Constitución. Tampoco puede determinar cuáles son los límites de la negociación territorial admisible conforme al artículo 2 de la norma fundamental. Eso corresponde al Tribunal Constitucional, a los tribunales ordinarios y, en última instancia, al propio poder constituyente. Ningún órgano de partido puede sustituir a esas instancias. El argumento de la responsabilidad política En 2018, la moción de censura que desalojó al Gobierno de Mariano Rajoy se justificó ante la ciudadanía con un argumento explícito: la necesidad de regenerar la vida pública, combatir la corrupción y restablecer los estándares éticos en el ejercicio del poder. Era, formalmente, un argumento de responsabilidad política. Ocho años después, el mismo partido que lideró esa moción gestiona un entorno en el que se han producido condenas firmes, investigaciones judiciales sobre el círculo próximo al presidente, y una acumulación de episodios que, individualmente considerados, podrían admitir explicaciones, pero cuyo conjunto resulta difícilmente compatible con la retórica regeneracionista de 2018. El Comité Federal puede ignorar esta contradicción. No puede resolverla. La contradicción existe en el terreno de los hechos, no en el de las resoluciones internas. Lo que queda después del comité La pregunta relevante no es si el Gobierno sobrevivirá a este ciclo político —la matemática parlamentaria sugiere que sí, al menos a corto plazo—. La pregunta relevante es qué efectos institucionales dejará esta etapa. Las democracias no se dañan únicamente mediante golpes de Estado o rupturas constitucionales. Se dañan también cuando la distancia entre las formas institucionales y la percepción ciudadana de su funcionamiento se hace estructural. Cuando los ciudadanos aprenden que las reglas se aplican de forma selectiva, que la responsabilidad política tiene distintos estándares según quién sea el afectado, y que la mayoría parlamentaria puede funcionar como escudo frente a cualquier demanda de rendición de cuentas, el sistema jurídico permanece intacto pero la confianza en él sufre una erosión que no se recupera con facilidad. España es un Estado democrático de Derecho. Esa afirmación no es retórica: es la descripción de un sistema que contiene sus propios mecanismos de corrección. Pero esos mecanismos requieren que quienes ejercen el poder acepten someterse a ellos, no solo cuando los resultados les son favorables. El Comité Federal del PSOE no tiene competencia para decidir nada de esto. Solo los ciudadanos, en las urnas, y los tribunales, en Derecho, pueden hacerlo. Esa es, precisamente, la garantía del sistema. Y también su límite.
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Lo que el Comité Federal es incompetente para resolver

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Fecha: 28 de junio de 2026 Autor: R. Trigo Categoría: Política nacional · Consitución · Partidos Estado: Artículo de opinión

La competencia del Comité Federal y sus límites

El Comité Federal del PSOE celebrado el 27 de junio ha ratificado por abrumadora mayoría el liderazgo de Pedro Sánchez. La foto de unidad es irreprochable como acto interno de partido. Pero conviene precisar, con rigor, lo que ese órgano puede hacer y lo que estructuralmente no puede: puede expresar adhesión a su secretario general; no puede resolver las cuestiones que la actual crisis política ha puesto sobre la mesa. No porque le falte voluntad, sino porque le falta competencia. Son cuestiones de otro orden.

El Comité Federal es el órgano de dirección interna de una formación política. Sus resoluciones vinculan a los militantes del PSOE. No vinculan a la Constitución, no vinculan a la sociedad y, desde luego, no resuelven los déficits de legitimidad política que se acumulan desde hace varios años en el Gobierno que ese partido sustenta.

La distinción que el debate público elude

Legalidad y legitimidad política no son sinónimos. Esta distinción, elemental en cualquier manual de Teoría del Estado, es la que con mayor consistencia se elude en el debate público español.

El Gobierno de Pedro Sánchez mantiene íntegra su legalidad constitucional. Dispone de mayoría parlamentaria. No ha perdido ninguna votación de confianza. Las formas se cumplen. Pero la legitimidad política es otra cosa: es la correspondencia entre el ejercicio del poder y la confianza activa de una parte sustancial de la sociedad. Y esa correspondencia se ha deteriorado de forma acelerada, no como resultado de la propaganda opositora, sino como consecuencia de hechos verificables y de procedimientos judiciales en curso o ya resueltos mediante condenas firmes.

Cuando una parte significativa de la ciudadanía percibe que el sostenimiento del Gobierno ha pasado a ser el objetivo principal del Gobierno mismo, que las explicaciones políticas ante los ciudadanos son sustituidas por la aritmética parlamentaria, y que el escrutinio público se esquiva sistemáticamente mediante la invocación de mayorías que, en sentido estricto, nadie eligió para ese fin concreto, el sistema continúa siendo formalmente democrático pero empieza a funcionar con una fricción institucional que ningún comité interno puede eliminar.

La arquitectura de la mayoría y su coste constitucional

El Gobierno se sostiene sobre una coalición parlamentaria que incluye formaciones cuyo proyecto político es, en varios casos, incompatible con los principios constitucionales que el propio Ejecutivo tiene el deber de defender. Esto no es una denuncia: es una descripción del problema.

Bildu, Junts, Esquerra Republicana de Catalunya sostienen la investidura y la estabilidad de un Gobierno que, en virtud de ese apoyo, negocia con ellas de forma continua concesiones cuyo alcance constitucional es objeto de legítima controversia jurídica. La amnistía aprobada en la anterior legislatura es el ejemplo más nítido: su compatibilidad con el artículo 14 y con el principio de igualdad ante la ley sigue siendo debatida en instancias judiciales europeas. Es un asunto abierto, no cerrado.

Lo que el Comité Federal no puede hacer es pronunciarse sobre si esas concesiones son o no compatibles con la Constitución. Tampoco puede determinar cuáles son los límites de la negociación territorial admisible conforme al artículo 2 de la norma fundamental. Eso corresponde al Tribunal Constitucional, a los tribunales ordinarios y, en última instancia, al propio poder constituyente. Ningún órgano de partido puede sustituir a esas instancias.

El argumento de la responsabilidad política

En 2018, la moción de censura que desalojó al Gobierno de Mariano Rajoy se justificó ante la ciudadanía con un argumento explícito: la necesidad de regenerar la vida pública, combatir la corrupción y restablecer los estándares éticos en el ejercicio del poder. Era, formalmente, un argumento de responsabilidad política.

Ocho años después, el mismo partido que lideró esa moción gestiona un entorno en el que se han producido condenas firmes, investigaciones judiciales sobre el círculo próximo al presidente, y una acumulación de episodios que, individualmente considerados, podrían admitir explicaciones, pero cuyo conjunto resulta difícilmente compatible con la retórica regeneracionista de 2018.

El Comité Federal puede ignorar esta contradicción. No puede resolverla. La contradicción existe en el terreno de los hechos, no en el de las resoluciones internas.

Lo que queda después del comité

La pregunta relevante no es si el Gobierno sobrevivirá a este ciclo político —la matemática parlamentaria sugiere que sí, al menos a corto plazo—. La pregunta relevante es qué efectos institucionales dejará esta etapa.

Las democracias no se dañan únicamente mediante golpes de Estado o rupturas constitucionales. Se dañan también cuando la distancia entre las formas institucionales y la percepción ciudadana de su funcionamiento se hace estructural. Cuando los ciudadanos aprenden que las reglas se aplican de forma selectiva, que la responsabilidad política tiene distintos estándares según quién sea el afectado, y que la mayoría parlamentaria puede funcionar como escudo frente a cualquier demanda de rendición de cuentas, el sistema jurídico permanece intacto pero la confianza en él sufre una erosión que no se recupera con facilidad.

España es un Estado democrático de Derecho. Esa afirmación no es retórica: es la descripción de un sistema que contiene sus propios mecanismos de corrección. Pero esos mecanismos requieren que quienes ejercen el poder acepten someterse a ellos, no solo cuando los resultados les son favorables.

El Comité Federal del PSOE no tiene competencia para decidir nada de esto. Solo los ciudadanos, en las urnas, y los tribunales, en Derecho, pueden hacerlo. Esa es, precisamente, la garantía del sistema. Y también su límite.

PORTADA DE LA RAZÓN Sábado, 11 de julio de 2026
Análisis
PSOE y SUMAR vetan que el Congreso disuelva las Cortes y pida elecciones anticipadas
Cuando la legalidad ya no basta El rechazo por parte de la Mesa del Congreso a las enmiendas presentadas por el PP y Juntos —que pretendían instar al presidente del Gobierno a disolver las Cortes y convocar elecciones anticipadas— ha sido presentado por algunos medios como una victoria parlamentaria del PSOE y SUMAR frente a la oposición. Conviene precisar que ambas enmiendas se habían incorporado a una moción del PP sobre la situación del Ejecutivo, y que la iniciativa, de haber prosperado, no habría tenido efectos jurídicos vinculantes: la convocatoria de elecciones es una facultad constitucionalmente reservada en exclusiva al presidente del Gobierno. Desde el plano técnico-reglamentario, la decisión de la Mesa tiene su explicación. Sin embargo, limitar el debate a ese plano supone ignorar el verdadero problema político que subyace. La cuestión no es si las enmiendas eran jurídicamente procedentes. La cuestión es por qué una parte cada vez más amplia de la sociedad percibe que el Gobierno atraviesa una crisis de legitimidad política que trasciende la mera aritmética parlamentaria. Y la cuestión añadida es qué dice de las propias instituciones el hecho de que la Mesa adoptara su decisión mediante una ronda telemática, sin reunión presencial y sin recabar el criterio de los servicios jurídicos de la Cámara, pese a que los representantes del PP lo solicitaron expresamente. Pedro Sánchez llegó a la presidencia del Gobierno mediante mecanismos que se tildan de constitucionales. Nadie puede discutir seriamente ese extremo. Sin embargo, también es cierto que ni en 2019 ni en 2023 obtuvo una victoria electoral comparable a la que tradicionalmente legitimaba a los grandes partidos para gobernar en solitario. Su permanencia en el poder ha dependido de complejas alianzas parlamentarias con fuerzas nacionalistas e independentistas cuyos intereses políticos son difícilmente compatibles con la idea de un modelo constitucional de convivencia compartido. La presunta legalidad de esos acuerdos no elimina las dudas políticas que generan. El ciudadano observa cómo cuestiones que durante años fueron presentadas como inaceptables pasan a convertirse en moneda de negociación parlamentaria. La consecuencia inevitable es el deterioro de la confianza. A ello se añade un elemento especialmente grave: la sucesión constante de informaciones sobre presuntas tramas de corrupción que afectan al entorno político más próximo al Gobierno —con procedimientos judiciales abiertos que el tiempo irá resolviendo— . Conviene recordar que en un Estado de Derecho la culpabilidad corresponde determinarla exclusivamente a los tribunales. Sin embargo, la responsabilidad política opera en un plano distinto. No exige condenas firmes; exige ejemplaridad, transparencia y capacidad para preservar la confianza pública. La opacidad en la gestión, con independencia de que exista o no delito, erosiona por sí sola esa confianza. El problema de ciertas democracias contemporáneas es que tienden a confundir legitimidad jurídica con legitimidad política. Un gobierno puede ser perfectamente legal y, al mismo tiempo, encontrarse en una situación de creciente desgaste moral ante la opinión pública. Cuando esto ocurre, la respuesta no puede consistir únicamente en invocar los reglamentos o las mayorías parlamentarias. Las instituciones no existen para proteger a los gobiernos; existen para servir a los ciudadanos. Y cuando una parte significativa de la población comienza a cuestionar la credibilidad de quienes las dirigen, el problema deja de ser parlamentario para convertirse en institucional. No contribuye a despejar esa duda el hecho de que la misma Mesa que ayer vetó estas enmiendas avalara en febrero de 2025 tramitar una proposición de Juntos sobre la cuestión de confianza —para frenarla después, cuando ese partido alcanzó un acuerdo político con el Gobierno—. La asimetría de criterio es difícil de explicar desde la técnica reglamentaria. Las democracias maduras han desarrollado mecanismos precisamente para gestionar esa tensión: mociones de censura, comisiones de investigación, elecciones anticipadas, rendición de cuentas ante el Parlamento. El problema no es, por tanto, la ausencia de instrumentos. El problema es que esos instrumentos pierden eficacia cuando son percibidos por la ciudadanía como recursos tácticos antes que como genuinas herramientas de depuración de responsabilidades. La crisis de legitimidad, en su forma más grave, no es la que enfrenta a un gobierno con su oposición, sino la que enfrenta a las instituciones con la confianza que les dio origen. Quizá por eso el debate sobre las elecciones anticipadas es, en realidad, secundario. Lo verdaderamente importante es preguntarse por qué una sociedad llega a plantearse esa posibilidad. Cuando la confianza desaparece, las mayorías numéricas dejan de ser suficientes. La democracia no se sostiene exclusivamente sobre votos contados cada cuatro años. También necesita confianza, ejemplaridad y la convicción colectiva de que quienes ejercen el poder lo hacen en beneficio del interés general. Cuando esa convicción se debilita, la legalidad puede seguir intacta, pero la legitimidad comienza a erosionarse. Y ninguna democracia puede permitirse ignorar durante demasiado tiempo esa diferencia.
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PSOE y SUMAR vetan que el Congreso disuelva las Cortes y pida elecciones anticipadas

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Cuando la legalidad ya no basta

El rechazo por parte de la Mesa del Congreso a las enmiendas presentadas por el PP y Juntos —que pretendían instar al presidente del Gobierno a disolver las Cortes y convocar elecciones anticipadas— ha sido presentado por algunos medios como una victoria parlamentaria del PSOE y SUMAR frente a la oposición. Conviene precisar que ambas enmiendas se habían incorporado a una moción del PP sobre la situación del Ejecutivo, y que la iniciativa, de haber prosperado, no habría tenido efectos jurídicos vinculantes: la convocatoria de elecciones es una facultad constitucionalmente reservada en exclusiva al presidente del Gobierno. Desde el plano técnico-reglamentario, la decisión de la Mesa tiene su explicación. Sin embargo, limitar el debate a ese plano supone ignorar el verdadero problema político que subyace.

La cuestión no es si las enmiendas eran jurídicamente procedentes. La cuestión es por qué una parte cada vez más amplia de la sociedad percibe que el Gobierno atraviesa una crisis de legitimidad política que trasciende la mera aritmética parlamentaria. Y la cuestión añadida es qué dice de las propias instituciones el hecho de que la Mesa adoptara su decisión mediante una ronda telemática, sin reunión presencial y sin recabar el criterio de los servicios jurídicos de la Cámara, pese a que los representantes del PP lo solicitaron expresamente.

Pedro Sánchez llegó a la presidencia del Gobierno mediante mecanismos que se tildan de constitucionales. Nadie puede discutir seriamente ese extremo. Sin embargo, también es cierto que ni en 2019 ni en 2023 obtuvo una victoria electoral comparable a la que tradicionalmente legitimaba a los grandes partidos para gobernar en solitario. Su permanencia en el poder ha dependido de complejas alianzas parlamentarias con fuerzas nacionalistas e independentistas cuyos intereses políticos son difícilmente compatibles con la idea de un modelo constitucional de convivencia compartido.

La presunta legalidad de esos acuerdos no elimina las dudas políticas que generan. El ciudadano observa cómo cuestiones que durante años fueron presentadas como inaceptables pasan a convertirse en moneda de negociación parlamentaria. La consecuencia inevitable es el deterioro de la confianza.

A ello se añade un elemento especialmente grave: la sucesión constante de informaciones sobre presuntas tramas de corrupción que afectan al entorno político más próximo al Gobierno —con procedimientos judiciales abiertos que el tiempo irá resolviendo— . Conviene recordar que en un Estado de Derecho la culpabilidad corresponde determinarla exclusivamente a los tribunales. Sin embargo, la responsabilidad política opera en un plano distinto. No exige condenas firmes; exige ejemplaridad, transparencia y capacidad para preservar la confianza pública. La opacidad en la gestión, con independencia de que exista o no delito, erosiona por sí sola esa confianza.

El problema de ciertas democracias contemporáneas es que tienden a confundir legitimidad jurídica con legitimidad política. Un gobierno puede ser perfectamente legal y, al mismo tiempo, encontrarse en una situación de creciente desgaste moral ante la opinión pública. Cuando esto ocurre, la respuesta no puede consistir únicamente en invocar los reglamentos o las mayorías parlamentarias.

Las instituciones no existen para proteger a los gobiernos; existen para servir a los ciudadanos. Y cuando una parte significativa de la población comienza a cuestionar la credibilidad de quienes las dirigen, el problema deja de ser parlamentario para convertirse en institucional. No contribuye a despejar esa duda el hecho de que la misma Mesa que ayer vetó estas enmiendas avalara en febrero de 2025 tramitar una proposición de Juntos sobre la cuestión de confianza —para frenarla después, cuando ese partido alcanzó un acuerdo político con el Gobierno—. La asimetría de criterio es difícil de explicar desde la técnica reglamentaria.

Las democracias maduras han desarrollado mecanismos precisamente para gestionar esa tensión: mociones de censura, comisiones de investigación, elecciones anticipadas, rendición de cuentas ante el Parlamento. El problema no es, por tanto, la ausencia de instrumentos. El problema es que esos instrumentos pierden eficacia cuando son percibidos por la ciudadanía como recursos tácticos antes que como genuinas herramientas de depuración de responsabilidades. La crisis de legitimidad, en su forma más grave, no es la que enfrenta a un gobierno con su oposición, sino la que enfrenta a las instituciones con la confianza que les dio origen.

Quizá por eso el debate sobre las elecciones anticipadas es, en realidad, secundario. Lo verdaderamente importante es preguntarse por qué una sociedad llega a plantearse esa posibilidad. Cuando la confianza desaparece, las mayorías numéricas dejan de ser suficientes.

La democracia no se sostiene exclusivamente sobre votos contados cada cuatro años. También necesita confianza, ejemplaridad y la convicción colectiva de que quienes ejercen el poder lo hacen en beneficio del interés general.

Cuando esa convicción se debilita, la legalidad puede seguir intacta, pero la legitimidad comienza a erosionarse. Y ninguna democracia puede permitirse ignorar durante demasiado tiempo esa diferencia.

PORTADA DE LA VOZ DE GALICIA Sábado, 11 de julio de 2026
Análisis
El 24 de junio o cuando la corrupción dejó de tener consecuencias políticas en España
LA SESIÓN DEL 24 DE JUNIO: CUANDO LA ARITMÉTICA PARLAMENTARIA SUSTITUYE A LA RESPONSABILIDAD POLÍTICA La sesión del Congreso del 24 de junio puso de manifiesto un cambio de enorme trascendencia política. El debate ya no giró en torno a la existencia de un grave problema de corrupción —que, con la excepción del PSOE, fue asumido explícita o implícitamente por la práctica totalidad de los grupos parlamentarios—, sino sobre si esa realidad debía tener consecuencias para la continuidad del Gobierno. La respuesta de la mayoría que sostiene al Ejecutivo fue negativa. Resultó especialmente significativo que, con la excepción del PSOE, prácticamente la totalidad de los grupos parlamentarios coincidieran en describir como extremadamente grave la situación generada por los numerosos procedimientos judiciales relacionados con presuntos delitos de corrupción que afectan al entorno político del Gobierno. Algunos de esos procedimientos continúan en fase de instrucción; otros han concluido mediante sentencias firmes dictadas por la jurisdicción ordinaria. Conviene recordar un principio jurídico elemental. Las sentencias firmes dictadas por los tribunales ordinarios constituyen la culminación del ejercicio de la potestad jurisdiccional. El Tribunal Constitucional no constituye una nueva instancia revisora de los hechos declarados probados ni de la valoración de la prueba efectuada por jueces y tribunales. Su función es exclusivamente constitucional, y no le corresponde reescribir los hechos establecidos en una sentencia firme. Pero la cuestión esencial del debate no era judicial, sino política. Quienes el 1 de junio de 2018 justificaron la moción de censura afirmando que la corrupción hacía moral y políticamente imposible la continuidad del Gobierno sostienen hoy al Ejecutivo, pese a reconocer la extraordinaria gravedad de los acontecimientos que lo rodean. La diferencia entre ambas situaciones no reside en el concepto de responsabilidad política, sino en la posición parlamentaria de quienes hoy resultan decisivos para la supervivencia del Gobierno. Desde el inicio de la legislatura, los partidos que sostienen al Ejecutivo han obtenido concesiones políticas de enorme trascendencia. Entre ellas pueden citarse la aprobación de la ley de amnistía, la negociación de un modelo singular de financiación para Cataluña, nuevas transferencias competenciales, acuerdos económicos específicos y otras medidas derivadas de los pactos de investidura, cuya incidencia sobre el principio de igualdad entre comunidades autónomas constituye objeto de un intenso debate jurídico y político. Estos son hechos objetivos. Podrá discutirse su oportunidad, su alcance o incluso su constitucionalidad, pero resulta indiscutible que tales acuerdos han sido posibles gracias a una mayoría parlamentaria cuya continuidad depende de esos mismos grupos. La consecuencia política del debate del 24 de junio resulta igualmente objetiva: la existencia de numerosos procedimientos judiciales por corrupción y de condenas firmes recaídas sobre personas pertenecientes o estrechamente vinculadas al espacio político del actual Gobierno no ha producido la retirada del apoyo parlamentario de quienes garantizan su permanencia en el poder. La conclusión que inevitablemente extraerán muchos ciudadanos es inquietante. Si la corrupción fue considerada en 2018 causa suficiente para provocar un cambio de Gobierno, pero deja de producir ese efecto cuando afecta al Ejecutivo cuya continuidad depende de una mayoría parlamentaria determinada, el principio de responsabilidad política deja de aplicarse con carácter general para convertirse en un criterio condicionado por la conveniencia política de cada momento. La democracia representativa no consiste únicamente en sumar votos suficientes para conservar el poder. Exige también que la confianza pública pueda perderse cuando los hechos alcanzan una gravedad incompatible con la ejemplaridad institucional que debe presidir el ejercicio del Gobierno. Lo sucedido el 24 de junio proyecta precisamente la impresión contraria: que la continuidad de la mayoría parlamentaria ha prevalecido sobre la exigencia de responsabilidades políticas, y que las contraprestaciones derivadas de esa mayoría han resultado suficientes para mantener el apoyo al Ejecutivo aun en un contexto marcado por una sucesión de investigaciones judiciales y condenas de extraordinaria relevancia pública. El verdadero problema ya no consiste únicamente en la corrupción que investigan los tribunales. Consiste en la desaparición de sus consecuencias políticas. Cuando un sistema parlamentario deja de exigir responsabilidades porque la aritmética de la mayoría convierte cualquier coste político en asumible, el riesgo no afecta únicamente a un Gobierno concreto. Afecta a la credibilidad de las instituciones y al propio principio de igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Pero existe una consecuencia aún más preocupante, que merece ser examinada con detenimiento: LA NEUTRALIZACIÓN DE LA VOZ CIUDADANA En una democracia, la corrupción no solo se combate en los tribunales. También se combate mediante la exigencia de responsabilidades políticas y, cuando la gravedad de los hechos lo aconseja, devolviendo la palabra a los ciudadanos. Precisamente eso fue lo que se reclamó en 2018. Se sostuvo entonces que la mera pérdida de confianza institucional hacía incompatible la continuidad del Gobierno de Mariano Rajoy. Aquella apelación a la responsabilidad política se convirtió en el fundamento de la moción de censura. Hoy el panorama es radicalmente distinto. España asiste a una sucesión de procedimientos judiciales de extraordinaria relevancia pública, algunos ya concluidos mediante sentencias firmes, mientras otros continúan su tramitación. En el propio Congreso, durante la sesión del 24 de junio, prácticamente todos los grupos parlamentarios, salvo el PSOE, manifestaron su preocupación por la gravedad de los casos que afectan al entorno político del Gobierno; varios de sus socios llegaron a reclamar más explicaciones o un cambio de rumbo. Sin embargo, pese a ese diagnóstico compartido sobre la gravedad de la situación, la conclusión política fue exactamente la contraria a la de 2018: mantener al Gobierno sin permitir que los ciudadanos se pronuncien. Esta es la paradoja central de la trayectoria política reciente en España. Los partidos cuya mayoría parlamentaria depende de la continuidad del Ejecutivo mantienen su apoyo mientras permanecen vigentes los acuerdos políticos alcanzados durante la investidura. La amnistía, las negociaciones sobre financiación singular, las transferencias competenciales y otros compromisos que han marcado la legislatura funcionan como un sistema de incentivos que hace políticamente costoso, para cada uno de esos grupos, retirar un apoyo que, al mismo tiempo, reconocen difícilmente justificable ante la ciudadanía. El mecanismo es sencillo pero de consecuencias graves. Cada partido de la coalición mayoritaria tiene más que perder retirando su respaldo que manteniéndolo, con independencia de cuál sea su valoración pública de los hechos que rodean al Gobierno. El resultado es una mayoría parlamentaria estructuralmente inmune a las crisis de legitimidad, no porque carezca de ellas, sino porque el coste individual de romperla supera, para cada uno de sus componentes, el beneficio de hacerlo. Los ciudadanos quedan así excluidos del mecanismo corrector que la democracia reserva precisamente para estas situaciones. Esto no es un problema de procedimiento. Es un problema de soberanía. La Constitución atribuye al pueblo español la titularidad de la soberanía nacional. Esa titularidad no se agota en el acto de votar cada cuatro años. Se ejerce también a través de la capacidad efectiva de retirar la confianza a quien gobierna cuando los hechos hacen incompatible su continuidad con el interés general. Cuando esa capacidad queda bloqueada por la geometría de los pactos parlamentarios, el ciudadano sigue siendo formalmente soberano, pero materialmente impotente para corregir una situación que él mismo, en su mayoría, juzga inaceptable. Las encuestas son, en este punto, elocuentes. Una parte mayoritaria de la ciudadanía considera que las circunstancias actuales merecerían el pronunciamiento electoral. Sin embargo, la arquitectura de la mayoría parlamentaria convierte esa aspiración en políticamente irrealizable mientras los acuerdos de investidura mantengan su vigencia. El Parlamento, que debería ser el instrumento de expresión de la voluntad popular, actúa en este caso como su dique de contención. Esta situación no es constitucionalmente irregular. La Constitución no obliga a convocar elecciones ante ningún nivel de crisis política, y ningún mecanismo jurídico puede forzar a una mayoría parlamentaria a retirar su confianza al Ejecutivo. Pero precisamente por eso, la valoración no puede ser jurídica: ha de ser política y ciudadana. Y desde esa perspectiva, el juicio es severo. Una democracia madura no se mide únicamente por la formalidad de sus procedimientos, sino por la capacidad real de sus ciudadanos para ejercer la soberanía de manera efectiva. Cuando la aritmética parlamentaria blinda a un Gobierno frente a consecuencias que, en otro escenario de mayorías, habrían resultado inevitables, el sistema funciona formalmente pero falla en lo esencial: en garantizar que quienes gobiernan lo hacen con el respaldo activo y consciente de la ciudadanía, no al amparo de una geometría de intereses que ningún votante eligió ni respaldó explícitamente. La consecuencia más duradera de la sesión del 24 de junio no es política, sino institucional. Cada vez que el Parlamento neutraliza las consecuencias de una crisis de esta magnitud, y cada vez que los ciudadanos perciben que su capacidad de pronunciarse queda diferida indefinidamente, se erosiona algo que no se recupera fácilmente: la convicción de que las instituciones responden, en última instancia, a quienes las sostienen con su voto. Cuando esa convicción se quiebra, el daño no afecta a un Gobierno, ni siquiera a una legislatura. Afecta al contrato implícito que hace posible la democracia.
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El 24 de junio o cuando la corrupción dejó de tener consecuencias políticas en España

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LA SESIÓN DEL 24 DE JUNIO: CUANDO LA ARITMÉTICA PARLAMENTARIA SUSTITUYE A LA RESPONSABILIDAD POLÍTICA

La sesión del Congreso del 24 de junio puso de manifiesto un cambio de enorme trascendencia política. El debate ya no giró en torno a la existencia de un grave problema de corrupción —que, con la excepción del PSOE, fue asumido explícita o implícitamente por la práctica totalidad de los grupos parlamentarios—, sino sobre si esa realidad debía tener consecuencias para la continuidad del Gobierno. La respuesta de la mayoría que sostiene al Ejecutivo fue negativa.

Resultó especialmente significativo que, con la excepción del PSOE, prácticamente la totalidad de los grupos parlamentarios coincidieran en describir como extremadamente grave la situación generada por los numerosos procedimientos judiciales relacionados con presuntos delitos de corrupción que afectan al entorno político del Gobierno. Algunos de esos procedimientos continúan en fase de instrucción; otros han concluido mediante sentencias firmes dictadas por la jurisdicción ordinaria.

Conviene recordar un principio jurídico elemental. Las sentencias firmes dictadas por los tribunales ordinarios constituyen la culminación del ejercicio de la potestad jurisdiccional. El Tribunal Constitucional no constituye una nueva instancia revisora de los hechos declarados probados ni de la valoración de la prueba efectuada por jueces y tribunales. Su función es exclusivamente constitucional, y no le corresponde reescribir los hechos establecidos en una sentencia firme.

Pero la cuestión esencial del debate no era judicial, sino política.

Quienes el 1 de junio de 2018 justificaron la moción de censura afirmando que la corrupción hacía moral y políticamente imposible la continuidad del Gobierno sostienen hoy al Ejecutivo, pese a reconocer la extraordinaria gravedad de los acontecimientos que lo rodean. La diferencia entre ambas situaciones no reside en el concepto de responsabilidad política, sino en la posición parlamentaria de quienes hoy resultan decisivos para la supervivencia del Gobierno.

Desde el inicio de la legislatura, los partidos que sostienen al Ejecutivo han obtenido concesiones políticas de enorme trascendencia. Entre ellas pueden citarse la aprobación de la ley de amnistía, la negociación de un modelo singular de financiación para Cataluña, nuevas transferencias competenciales, acuerdos económicos específicos y otras medidas derivadas de los pactos de investidura, cuya incidencia sobre el principio de igualdad entre comunidades autónomas constituye objeto de un intenso debate jurídico y político.

Estos son hechos objetivos. Podrá discutirse su oportunidad, su alcance o incluso su constitucionalidad, pero resulta indiscutible que tales acuerdos han sido posibles gracias a una mayoría parlamentaria cuya continuidad depende de esos mismos grupos.

La consecuencia política del debate del 24 de junio resulta igualmente objetiva: la existencia de numerosos procedimientos judiciales por corrupción y de condenas firmes recaídas sobre personas pertenecientes o estrechamente vinculadas al espacio político del actual Gobierno no ha producido la retirada del apoyo parlamentario de quienes garantizan su permanencia en el poder.

La conclusión que inevitablemente extraerán muchos ciudadanos es inquietante. Si la corrupción fue considerada en 2018 causa suficiente para provocar un cambio de Gobierno, pero deja de producir ese efecto cuando afecta al Ejecutivo cuya continuidad depende de una mayoría parlamentaria determinada, el principio de responsabilidad política deja de aplicarse con carácter general para convertirse en un criterio condicionado por la conveniencia política de cada momento.

La democracia representativa no consiste únicamente en sumar votos suficientes para conservar el poder. Exige también que la confianza pública pueda perderse cuando los hechos alcanzan una gravedad incompatible con la ejemplaridad institucional que debe presidir el ejercicio del Gobierno.

Lo sucedido el 24 de junio proyecta precisamente la impresión contraria: que la continuidad de la mayoría parlamentaria ha prevalecido sobre la exigencia de responsabilidades políticas, y que las contraprestaciones derivadas de esa mayoría han resultado suficientes para mantener el apoyo al Ejecutivo aun en un contexto marcado por una sucesión de investigaciones judiciales y condenas de extraordinaria relevancia pública.

El verdadero problema ya no consiste únicamente en la corrupción que investigan los tribunales. Consiste en la desaparición de sus consecuencias políticas. Cuando un sistema parlamentario deja de exigir responsabilidades porque la aritmética de la mayoría convierte cualquier coste político en asumible, el riesgo no afecta únicamente a un Gobierno concreto. Afecta a la credibilidad de las instituciones y al propio principio de igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

Pero existe una consecuencia aún más preocupante, que merece ser examinada con detenimiento:

LA NEUTRALIZACIÓN DE LA VOZ CIUDADANA

En una democracia, la corrupción no solo se combate en los tribunales. También se combate mediante la exigencia de responsabilidades políticas y, cuando la gravedad de los hechos lo aconseja, devolviendo la palabra a los ciudadanos. Precisamente eso fue lo que se reclamó en 2018. Se sostuvo entonces que la mera pérdida de confianza institucional hacía incompatible la continuidad del Gobierno de Mariano Rajoy. Aquella apelación a la responsabilidad política se convirtió en el fundamento de la moción de censura.

Hoy el panorama es radicalmente distinto. España asiste a una sucesión de procedimientos judiciales de extraordinaria relevancia pública, algunos ya concluidos mediante sentencias firmes, mientras otros continúan su tramitación. En el propio Congreso, durante la sesión del 24 de junio, prácticamente todos los grupos parlamentarios, salvo el PSOE, manifestaron su preocupación por la gravedad de los casos que afectan al entorno político del Gobierno; varios de sus socios llegaron a reclamar más explicaciones o un cambio de rumbo.

Sin embargo, pese a ese diagnóstico compartido sobre la gravedad de la situación, la conclusión política fue exactamente la contraria a la de 2018: mantener al Gobierno sin permitir que los ciudadanos se pronuncien.

Esta es la paradoja central de la trayectoria política reciente en España. Los partidos cuya mayoría parlamentaria depende de la continuidad del Ejecutivo mantienen su apoyo mientras permanecen vigentes los acuerdos políticos alcanzados durante la investidura. La amnistía, las negociaciones sobre financiación singular, las transferencias competenciales y otros compromisos que han marcado la legislatura funcionan como un sistema de incentivos que hace políticamente costoso, para cada uno de esos grupos, retirar un apoyo que, al mismo tiempo, reconocen difícilmente justificable ante la ciudadanía.

El mecanismo es sencillo pero de consecuencias graves. Cada partido de la coalición mayoritaria tiene más que perder retirando su respaldo que manteniéndolo, con independencia de cuál sea su valoración pública de los hechos que rodean al Gobierno. El resultado es una mayoría parlamentaria estructuralmente inmune a las crisis de legitimidad, no porque carezca de ellas, sino porque el coste individual de romperla supera, para cada uno de sus componentes, el beneficio de hacerlo. Los ciudadanos quedan así excluidos del mecanismo corrector que la democracia reserva precisamente para estas situaciones.

Esto no es un problema de procedimiento. Es un problema de soberanía.

La Constitución atribuye al pueblo español la titularidad de la soberanía nacional. Esa titularidad no se agota en el acto de votar cada cuatro años. Se ejerce también a través de la capacidad efectiva de retirar la confianza a quien gobierna cuando los hechos hacen incompatible su continuidad con el interés general. Cuando esa capacidad queda bloqueada por la geometría de los pactos parlamentarios, el ciudadano sigue siendo formalmente soberano, pero materialmente impotente para corregir una situación que él mismo, en su mayoría, juzga inaceptable.

Las encuestas son, en este punto, elocuentes. Una parte mayoritaria de la ciudadanía considera que las circunstancias actuales merecerían el pronunciamiento electoral. Sin embargo, la arquitectura de la mayoría parlamentaria convierte esa aspiración en políticamente irrealizable mientras los acuerdos de investidura mantengan su vigencia. El Parlamento, que debería ser el instrumento de expresión de la voluntad popular, actúa en este caso como su dique de contención.

Esta situación no es constitucionalmente irregular. La Constitución no obliga a convocar elecciones ante ningún nivel de crisis política, y ningún mecanismo jurídico puede forzar a una mayoría parlamentaria a retirar su confianza al Ejecutivo. Pero precisamente por eso, la valoración no puede ser jurídica: ha de ser política y ciudadana.

Y desde esa perspectiva, el juicio es severo. Una democracia madura no se mide únicamente por la formalidad de sus procedimientos, sino por la capacidad real de sus ciudadanos para ejercer la soberanía de manera efectiva. Cuando la aritmética parlamentaria blinda a un Gobierno frente a consecuencias que, en otro escenario de mayorías, habrían resultado inevitables, el sistema funciona formalmente pero falla en lo esencial: en garantizar que quienes gobiernan lo hacen con el respaldo activo y consciente de la ciudadanía, no al amparo de una geometría de intereses que ningún votante eligió ni respaldó explícitamente.

La consecuencia más duradera de la sesión del 24 de junio no es política, sino institucional. Cada vez que el Parlamento neutraliza las consecuencias de una crisis de esta magnitud, y cada vez que los ciudadanos perciben que su capacidad de pronunciarse queda diferida indefinidamente, se erosiona algo que no se recupera fácilmente: la convicción de que las instituciones responden, en última instancia, a quienes las sostienen con su voto.

Cuando esa convicción se quiebra, el daño no afecta a un Gobierno, ni siquiera a una legislatura. Afecta al contrato implícito que hace posible la democracia.

PORTADA DE LA VANGUARDIA Sábado, 11 de julio de 2026
Análisis
Zapatero niega cobros por el rescate de Plus Ultra
  ¿El PSOE secuestrado o el PSOE de siempre? La tesis del partido víctima exige demostrar algo muy difícil: que lo que vemos hoy es una excepción. Un análisis escrito hace quince años lo pone seriamente en duda. «Zapatero niega cobros por el rescate de Plus Ultra». El titular, cuya relevancia jurídica dependerá de lo que determinen las investigaciones y, en su caso, los tribunales, no sería especialmente extraordinario si no fuera por el nombre al que afecta. Cuando las sospechas o investigaciones comienzan a aproximarse a quienes ocuparon las más altas responsabilidades del Estado, el debate deja de girar únicamente en torno a conductas individuales y pasa a plantear una cuestión más profunda: la naturaleza del sistema político que las hizo posibles. En el entorno socialista parece abrirse paso una respuesta preventiva ante la acumulación de escándalos, investigaciones y sospechas que afectan al partido. La tesis sostiene que una trama de intereses ajenos a los valores históricos del PSOE habría colonizado progresivamente sus estructuras, convirtiendo a la organización en víctima de una especie de secuestro interno. La ventaja política de esta explicación es evidente: permite separar la identidad histórica del partido de los comportamientos que hoy deterioran su imagen pública. Si el problema son determinadas personas, bastaría con apartarlas para restaurar la credibilidad de la organización. Sin embargo, la teoría exige una demostración compleja. Para sostener que el PSOE ha sido secuestrado es necesario acreditar que existió previamente un PSOE sustancialmente distinto, inmune a los problemas que hoy se denuncian. La historia reciente no parece facilitar esa conclusión. Los GAL fueron financiados con fondos reservados durante un gobierno socialista. Filesa articuló un sistema de financiación ilegal vinculado al PSOE. Los ERE de Andalucía desviaron durante años recursos públicos destinados a trabajadores afectados por procesos de reestructuración empresarial. Ninguno de estos episodios pertenece a la etapa política actual ni guarda relación con sus protagonistas inmediatos. Lo que sí comparten es su vinculación con el mismo partido político. Más aún, la idea de que los escándalos responden siempre a elementos extraños o infiltrados tampoco resulta novedosa. Tras cada gran crisis política existe la tentación de presentar los hechos como desviaciones individuales, errores aislados o anomalías pasajeras. Sin embargo, cuando los episodios se repiten durante décadas y bajo liderazgos distintos, la cuestión deja de ser quiénes son los responsables concretos y pasa a ser si existe un problema estructural que trasciende a las personas. Ahora bien, entre la tesis del partido secuestrado y la tesis del partido inmutable existe una tercera posibilidad, probablemente más cercana a la realidad. Puede que el PSOE no haya sido colonizado por una fuerza extraña a su tradición política, pero tampoco que todas sus etapas sean equivalentes. Es posible que determinados problemas históricos —clientelismo, ocupación partidista de instituciones, escasa autocrítica interna o identificación creciente entre partido y Estado— hayan estado presentes durante décadas y que, lejos de corregirse, se hayan agravado progresivamente bajo distintos liderazgos. Pero la discusión no debería limitarse a los casos de corrupción. Existe una segunda cuestión, menos llamativa mediáticamente, aunque posiblemente más relevante para la salud institucional de una democracia: la calidad del ejercicio del poder. Ya en 2011 publiqué El Sexenio 2004-2010. Derecho y Soberanía Ciudadana, un análisis de las legislaturas desarrolladas bajo la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero. En aquella obra se sostenía que la profunda crisis interna sufrida por el PSOE a comienzos de la década anterior había favorecido el ascenso de una nueva generación de dirigentes caracterizada por una insuficiente experiencia política y un limitado bagaje intelectual para afrontar los desafíos institucionales del país. El resultado, según aquel análisis, fue una producción normativa frecuentemente orientada por criterios ideológicos antes que por principios de calidad legislativa, seguridad jurídica o respeto al equilibrio constitucional. Esta cuestión es importante porque conviene no confundir planos distintos. La corrupción constituye un problema ético y jurídico. La degradación institucional constituye un problema político y democrático. Son fenómenos diferentes, pero pueden compartir un mismo origen: una determinada cultura de poder que acaba subordinando las instituciones a los intereses partidistas. La relevancia de Zapatero en este debate no depende de lo que puedan concluir las investigaciones actuales. Depende de un hecho mucho más simple: muchas de las críticas institucionales que hoy se formulan contra el socialismo gobernante ya fueron planteadas durante sus años de gobierno. Por ello, incluso si ninguna investigación llegara a afectar personalmente al expresidente, seguiría siendo difícil sostener que todos los problemas del PSOE nacieron con la dirección actual o que responden exclusivamente a una infiltración reciente. La cuestión de fondo es más amplia que cualquier procedimiento judicial concreto. Se trata de determinar si el PSOE, cuando ejerce el poder, mantiene una relación coherente con los valores constitucionales que proclama o si, por el contrario, tiende a instrumentalizarlos en función de sus objetivos ideológicos y electorales. Esa pregunta no nació con la crisis actual. Lleva formulándose desde hace años. La pregunta decisiva sigue siendo la misma: ¿estamos ante una excepción o ante una continuidad histórica? Tal vez la respuesta correcta sea incómoda para todos. Quizá los problemas no nacieron ayer, pero tampoco permanecieron inalterados. Quizá exista una continuidad de fondo y, al mismo tiempo, una intensificación progresiva de determinadas prácticas y dinámicas de poder. En ese caso, la crisis actual no sería una anomalía ni una simple repetición del pasado. Sería la culminación de una evolución largamente incubada. La consecuencia política es importante. Un partido que ha sido secuestrado puede recuperar fácilmente su identidad original mediante una regeneración interna. Pero si los problemas responden a patrones que se repiten bajo distintos liderazgos, en distintas épocas y ante circunstancias diferentes, la solución exige algo mucho más difícil: una revisión crítica de la propia cultura política de la organización. Y esa autocrítica, al menos por ahora, parece ausente. Ningún relato de emergencia puede sustituirla.
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Zapatero niega cobros por el rescate de Plus Ultra

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¿El PSOE secuestrado o el PSOE de siempre?

La tesis del partido víctima exige demostrar algo muy difícil: que lo que vemos hoy es una excepción. Un análisis escrito hace quince años lo pone seriamente en duda.

«Zapatero niega cobros por el rescate de Plus Ultra». El titular, cuya relevancia jurídica dependerá de lo que determinen las investigaciones y, en su caso, los tribunales, no sería especialmente extraordinario si no fuera por el nombre al que afecta. Cuando las sospechas o investigaciones comienzan a aproximarse a quienes ocuparon las más altas responsabilidades del Estado, el debate deja de girar únicamente en torno a conductas individuales y pasa a plantear una cuestión más profunda: la naturaleza del sistema político que las hizo posibles.

En el entorno socialista parece abrirse paso una respuesta preventiva ante la acumulación de escándalos, investigaciones y sospechas que afectan al partido. La tesis sostiene que una trama de intereses ajenos a los valores históricos del PSOE habría colonizado progresivamente sus estructuras, convirtiendo a la organización en víctima de una especie de secuestro interno. La ventaja política de esta explicación es evidente: permite separar la identidad histórica del partido de los comportamientos que hoy deterioran su imagen pública. Si el problema son determinadas personas, bastaría con apartarlas para restaurar la credibilidad de la organización.

Sin embargo, la teoría exige una demostración compleja. Para sostener que el PSOE ha sido secuestrado es necesario acreditar que existió previamente un PSOE sustancialmente distinto, inmune a los problemas que hoy se denuncian.

La historia reciente no parece facilitar esa conclusión. Los GAL fueron financiados con fondos reservados durante un gobierno socialista. Filesa articuló un sistema de financiación ilegal vinculado al PSOE. Los ERE de Andalucía desviaron durante años recursos públicos destinados a trabajadores afectados por procesos de reestructuración empresarial. Ninguno de estos episodios pertenece a la etapa política actual ni guarda relación con sus protagonistas inmediatos. Lo que sí comparten es su vinculación con el mismo partido político.

Más aún, la idea de que los escándalos responden siempre a elementos extraños o infiltrados tampoco resulta novedosa. Tras cada gran crisis política existe la tentación de presentar los hechos como desviaciones individuales, errores aislados o anomalías pasajeras. Sin embargo, cuando los episodios se repiten durante décadas y bajo liderazgos distintos, la cuestión deja de ser quiénes son los responsables concretos y pasa a ser si existe un problema estructural que trasciende a las personas.

Ahora bien, entre la tesis del partido secuestrado y la tesis del partido inmutable existe una tercera posibilidad, probablemente más cercana a la realidad. Puede que el PSOE no haya sido colonizado por una fuerza extraña a su tradición política, pero tampoco que todas sus etapas sean equivalentes. Es posible que determinados problemas históricos —clientelismo, ocupación partidista de instituciones, escasa autocrítica interna o identificación creciente entre partido y Estado— hayan estado presentes durante décadas y que, lejos de corregirse, se hayan agravado progresivamente bajo distintos liderazgos.

Pero la discusión no debería limitarse a los casos de corrupción. Existe una segunda cuestión, menos llamativa mediáticamente, aunque posiblemente más relevante para la salud institucional de una democracia: la calidad del ejercicio del poder.

Ya en 2011 publiqué El Sexenio 2004-2010. Derecho y Soberanía Ciudadana, un análisis de las legislaturas desarrolladas bajo la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero. En aquella obra se sostenía que la profunda crisis interna sufrida por el PSOE a comienzos de la década anterior había favorecido el ascenso de una nueva generación de dirigentes caracterizada por una insuficiente experiencia política y un limitado bagaje intelectual para afrontar los desafíos institucionales del país. El resultado, según aquel análisis, fue una producción normativa frecuentemente orientada por criterios ideológicos antes que por principios de calidad legislativa, seguridad jurídica o respeto al equilibrio constitucional.

Esta cuestión es importante porque conviene no confundir planos distintos. La corrupción constituye un problema ético y jurídico. La degradación institucional constituye un problema político y democrático. Son fenómenos diferentes, pero pueden compartir un mismo origen: una determinada cultura de poder que acaba subordinando las instituciones a los intereses partidistas.

La relevancia de Zapatero en este debate no depende de lo que puedan concluir las investigaciones actuales. Depende de un hecho mucho más simple: muchas de las críticas institucionales que hoy se formulan contra el socialismo gobernante ya fueron planteadas durante sus años de gobierno. Por ello, incluso si ninguna investigación llegara a afectar personalmente al expresidente, seguiría siendo difícil sostener que todos los problemas del PSOE nacieron con la dirección actual o que responden exclusivamente a una infiltración reciente.

La cuestión de fondo es más amplia que cualquier procedimiento judicial concreto. Se trata de determinar si el PSOE, cuando ejerce el poder, mantiene una relación coherente con los valores constitucionales que proclama o si, por el contrario, tiende a instrumentalizarlos en función de sus objetivos ideológicos y electorales. Esa pregunta no nació con la crisis actual. Lleva formulándose desde hace años.

La pregunta decisiva sigue siendo la misma: ¿estamos ante una excepción o ante una continuidad histórica?

Tal vez la respuesta correcta sea incómoda para todos. Quizá los problemas no nacieron ayer, pero tampoco permanecieron inalterados. Quizá exista una continuidad de fondo y, al mismo tiempo, una intensificación progresiva de determinadas prácticas y dinámicas de poder. En ese caso, la crisis actual no sería una anomalía ni una simple repetición del pasado. Sería la culminación de una evolución largamente incubada.

La consecuencia política es importante. Un partido que ha sido secuestrado puede recuperar fácilmente su identidad original mediante una regeneración interna. Pero si los problemas responden a patrones que se repiten bajo distintos liderazgos, en distintas épocas y ante circunstancias diferentes, la solución exige algo mucho más difícil: una revisión crítica de la propia cultura política de la organización.

Y esa autocrítica, al menos por ahora, parece ausente.

Ningún relato de emergencia puede sustituirla.

PORTADA DE EL PERIÓDICO Sábado, 11 de julio de 2026
Análisis
Estados Unidos baraja un gran golpe final en Irán si fracasan las negociaciones
El conflicto actual se desencadenó el pasado 28 de febrero, tras un ataque coordinado entre Israel y Estados Unidos contra objetivos estratégicos en Irán, centrados en instalaciones militares, bases de lanzamiento de misiles e infraestructura gubernamental clave. La respuesta de Teherán fue inmediata, ejecutando ataques directos contra Israel y bases estadounidenses en el Golfo, además de ejercer presión sobre las rutas energéticas globales. Tras cinco semanas sin perspectivas de alto el fuego, el balance humano en Irán supera los 1.900 fallecidos y 20.000 heridos, sumado a una degradación significativa de sus capacidades militares y energéticas. Aunque el enfrentamiento mantiene una apariencia bilateral, Irán proyecta su poder a través de su "Eje de Resistencia": Hizbulá (Líbano), los hutíes (Yemen) y diversas milicias chiíes en Irak. La regionalización total del conflicto —más allá del impacto económico global ya existente— dependerá de un cambio de postura en actores clave como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Omán, Jordania, Irak y Turquía. En esencia, la contienda se disputa en tres frentes: el control del programa nuclear iraní, la seguridad de los flujos energéticos en el Golfo y, en última instancia, la hegemonía regional. Mientras Irán utiliza a sus aliados externos para equilibrar la balanza, Israel impone su superioridad tecnológica y militar. Escenarios posibles Escenario más probable: Continuidad de los ataques intermitentes y selectivos. Se evita una invasión terrestre a gran escala mientras se mantienen canales de negociación indirecta. Escenario de riesgo (menos probable): Involucración total de Hizbulá, intervención de Arabia Saudí y bloqueo del Estrecho de Ormuz. Esto supondría una regionalización inmediata con consecuencias críticas para la seguridad y la economía mundial. Escenario optimista (muy improbable): Un acuerdo rápido de alto el fuego condicionado a que Irán ofrezca garantías verificables de abandono de su plan nuclear y renuncie al control estratégico del Golfo. Conclusión: La resolución o escalada del conflicto reside, fundamentalmente, en la gestión de los actores intermedios y su capacidad para contener o expandir el radio de las hostilidades.
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Estados Unidos baraja un gran golpe final en Irán si fracasan las negociaciones

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El conflicto actual se desencadenó el pasado 28 de febrero, tras un ataque coordinado entre Israel y Estados Unidos contra objetivos estratégicos en Irán, centrados en instalaciones militares, bases de lanzamiento de misiles e infraestructura gubernamental clave. La respuesta de Teherán fue inmediata, ejecutando ataques directos contra Israel y bases estadounidenses en el Golfo, además de ejercer presión sobre las rutas energéticas globales. Tras cinco semanas sin perspectivas de alto el fuego, el balance humano en Irán supera los 1.900 fallecidos y 20.000 heridos, sumado a una degradación significativa de sus capacidades militares y energéticas.

Aunque el enfrentamiento mantiene una apariencia bilateral, Irán proyecta su poder a través de su "Eje de Resistencia": Hizbulá (Líbano), los hutíes (Yemen) y diversas milicias chiíes en Irak. La regionalización total del conflicto —más allá del impacto económico global ya existente— dependerá de un cambio de postura en actores clave como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Omán, Jordania, Irak y Turquía.

En esencia, la contienda se disputa en tres frentes: el control del programa nuclear iraní, la seguridad de los flujos energéticos en el Golfo y, en última instancia, la hegemonía regional. Mientras Irán utiliza a sus aliados externos para equilibrar la balanza, Israel impone su superioridad tecnológica y militar.

Escenarios posibles

  • Escenario más probable: Continuidad de los ataques intermitentes y selectivos. Se evita una invasión terrestre a gran escala mientras se mantienen canales de negociación indirecta.

  • Escenario de riesgo (menos probable): Involucración total de Hizbulá, intervención de Arabia Saudí y bloqueo del Estrecho de Ormuz. Esto supondría una regionalización inmediata con consecuencias críticas para la seguridad y la economía mundial.

  • Escenario optimista (muy improbable): Un acuerdo rápido de alto el fuego condicionado a que Irán ofrezca garantías verificables de abandono de su plan nuclear y renuncie al control estratégico del Golfo.

Conclusión: La resolución o escalada del conflicto reside, fundamentalmente, en la gestión de los actores intermedios y su capacidad para contener o expandir el radio de las hostilidades.

PORTADA DE EL CORREO Sábado, 11 de julio de 2026
Análisis
La dura condena a Ábalos sacude a un PSOE sometido a un calvario de causas judiciales
SENTENCIA FIRME Y RESPONSABILIDAD POLÍTICA ELUDIDA La reciente sentencia del Tribunal Supremo que condena al exministro José Luis Ábalos a 24 años y 3 meses de prisión y a su colaborador más estrecho, Koldo García, a 19 años y 8 meses, constituye uno de los episodios más graves de corrupción política conocidos en España en las últimas décadas. No estamos ante cargos secundarios ni ante personas alejadas de los centros de decisión. José Luis Ábalos fue ministro, secretario de Organización del PSOE y una de las figuras políticas más relevantes en la etapa que condujo a Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno. Koldo García fue su asesor de máxima confianza y hombre de absoluta proximidad política. Resulta igualmente llamativo el tratamiento que ha recibido la condena de Víctor de Aldama. Nadie puede sostener seriamente que la sentencia le absuelva o le exonere de responsabilidad. El tribunal también le considera partícipe de conductas delictivas y le impone una pena relevante. Sin embargo, buena parte de la reacción política se ha concentrado en destacar los beneficios obtenidos por su colaboración con la Justicia, como si ese fuese el elemento central de la resolución judicial. La consecuencia es que el debate termina girando alrededor del colaborador de la trama y no de quienes, desde posiciones de responsabilidad pública, han sido condenados a penas extraordinariamente severas. La colaboración con la Justicia es una institución plenamente legítima en un Estado de Derecho. Precisamente porque permite esclarecer hechos, identificar responsables y desarticular organizaciones criminales. Si esa colaboración ha sido considerada suficiente por el tribunal para modular la pena, la discusión jurídica queda resuelta en la propia sentencia. La cuestión política relevante no es por qué Aldama colaboró, sino qué revela esa colaboración acerca del funcionamiento de una trama que, según la resolución judicial, alcanzó a personas que ocuparon algunos de los cargos más importantes de la estructura política e institucional del momento. La sentencia acredita una trama de corrupción vinculada al ejercicio del poder público y a la utilización de posiciones institucionales para obtener beneficios particulares. Corresponde a los tribunales determinar las responsabilidades penales, y corresponde a todos respetar sus decisiones. Pero las responsabilidades políticas y morales son una cuestión diferente y no desaparecen porque la condena recaiga sobre personas concretas. Es significativo que parte del debate público se haya centrado casi exclusivamente en la situación procesal de Víctor de Aldama y en los beneficios derivados de su colaboración con la Justicia, mientras se presta mucha menos atención a la extraordinaria gravedad de las condenas impuestas a quienes ocuparon responsabilidades públicas de primer nivel. Una democracia madura no puede limitarse a celebrar que los mecanismos judiciales funcionen. También debe preguntarse cómo fue posible que personas que llegaron a ocupar posiciones tan relevantes pudieran desarrollar las conductas que ahora han sido sancionadas penalmente. La presunción de inocencia debe seguir amparando a quienes todavía se encuentran inmersos en otros procedimientos judiciales en curso. Nadie debe ser condenado anticipadamente en el terreno político o mediático. Sin embargo, también es legítimo que los ciudadanos exijan explicaciones políticas cuando quienes resultan condenados formaron parte esencial del núcleo dirigente de un proyecto de gobierno. Y es igualmente legítimo exigirlas a todas las formaciones políticas que, con su apoyo parlamentario, hicieron posible ese proyecto y hoy guardan silencio sobre los mecanismos internos que permitieron el ascenso de quienes han terminado siendo condenados por sentencia judicial. La cuestión central no es únicamente qué hicieron los condenados. La cuestión es si las organizaciones políticas concernidas están dispuestas a realizar una reflexión profunda sobre sus sistemas de control interno, sus criterios de selección de dirigentes y su disposición real a asumir responsabilidades, o si por el contrario pretenden dar carpetazo al asunto como si nada de relevancia institucional hubiera ocurrido. La lucha contra la corrupción no puede depender de la ideología. Debe exigirse con la misma firmeza a la izquierda, al centro o a la derecha. Cuando la corrupción aparece, lo verdaderamente importante no es proteger siglas ni gobiernos, sino preservar la confianza de los ciudadanos en las instituciones. Las sentencias pueden cerrar procedimientos judiciales. Lo que no deberían cerrar es el debate democrático sobre la ejemplaridad pública, la responsabilidad política y la calidad de nuestro Estado de Derecho.
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La dura condena a Ábalos sacude a un PSOE sometido a un calvario de causas judiciales

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SENTENCIA FIRME Y RESPONSABILIDAD POLÍTICA ELUDIDA

La reciente sentencia del Tribunal Supremo que condena al exministro José Luis Ábalos a 24 años y 3 meses de prisión y a su colaborador más estrecho, Koldo García, a 19 años y 8 meses, constituye uno de los episodios más graves de corrupción política conocidos en España en las últimas décadas.

No estamos ante cargos secundarios ni ante personas alejadas de los centros de decisión. José Luis Ábalos fue ministro, secretario de Organización del PSOE y una de las figuras políticas más relevantes en la etapa que condujo a Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno. Koldo García fue su asesor de máxima confianza y hombre de absoluta proximidad política.

Resulta igualmente llamativo el tratamiento que ha recibido la condena de Víctor de Aldama. Nadie puede sostener seriamente que la sentencia le absuelva o le exonere de responsabilidad. El tribunal también le considera partícipe de conductas delictivas y le impone una pena relevante.

Sin embargo, buena parte de la reacción política se ha concentrado en destacar los beneficios obtenidos por su colaboración con la Justicia, como si ese fuese el elemento central de la resolución judicial. La consecuencia es que el debate termina girando alrededor del colaborador de la trama y no de quienes, desde posiciones de responsabilidad pública, han sido condenados a penas extraordinariamente severas.

La colaboración con la Justicia es una institución plenamente legítima en un Estado de Derecho. Precisamente porque permite esclarecer hechos, identificar responsables y desarticular organizaciones criminales. Si esa colaboración ha sido considerada suficiente por el tribunal para modular la pena, la discusión jurídica queda resuelta en la propia sentencia.

La cuestión política relevante no es por qué Aldama colaboró, sino qué revela esa colaboración acerca del funcionamiento de una trama que, según la resolución judicial, alcanzó a personas que ocuparon algunos de los cargos más importantes de la estructura política e institucional del momento.

La sentencia acredita una trama de corrupción vinculada al ejercicio del poder público y a la utilización de posiciones institucionales para obtener beneficios particulares. Corresponde a los tribunales determinar las responsabilidades penales, y corresponde a todos respetar sus decisiones. Pero las responsabilidades políticas y morales son una cuestión diferente y no desaparecen porque la condena recaiga sobre personas concretas.

Es significativo que parte del debate público se haya centrado casi exclusivamente en la situación procesal de Víctor de Aldama y en los beneficios derivados de su colaboración con la Justicia, mientras se presta mucha menos atención a la extraordinaria gravedad de las condenas impuestas a quienes ocuparon responsabilidades públicas de primer nivel.

Una democracia madura no puede limitarse a celebrar que los mecanismos judiciales funcionen. También debe preguntarse cómo fue posible que personas que llegaron a ocupar posiciones tan relevantes pudieran desarrollar las conductas que ahora han sido sancionadas penalmente.

La presunción de inocencia debe seguir amparando a quienes todavía se encuentran inmersos en otros procedimientos judiciales en curso. Nadie debe ser condenado anticipadamente en el terreno político o mediático. Sin embargo, también es legítimo que los ciudadanos exijan explicaciones políticas cuando quienes resultan condenados formaron parte esencial del núcleo dirigente de un proyecto de gobierno. Y es igualmente legítimo exigirlas a todas las formaciones políticas que, con su apoyo parlamentario, hicieron posible ese proyecto y hoy guardan silencio sobre los mecanismos internos que permitieron el ascenso de quienes han terminado siendo condenados por sentencia judicial.

La cuestión central no es únicamente qué hicieron los condenados. La cuestión es si las organizaciones políticas concernidas están dispuestas a realizar una reflexión profunda sobre sus sistemas de control interno, sus criterios de selección de dirigentes y su disposición real a asumir responsabilidades, o si por el contrario pretenden dar carpetazo al asunto como si nada de relevancia institucional hubiera ocurrido.

La lucha contra la corrupción no puede depender de la ideología. Debe exigirse con la misma firmeza a la izquierda, al centro o a la derecha. Cuando la corrupción aparece, lo verdaderamente importante no es proteger siglas ni gobiernos, sino preservar la confianza de los ciudadanos en las instituciones. Las sentencias pueden cerrar procedimientos judiciales. Lo que no deberían cerrar es el debate democrático sobre la ejemplaridad pública, la responsabilidad política y la calidad de nuestro Estado de Derecho.

PORTADA DE HOY Sábado, 11 de julio de 2026
Análisis
EE.UU. e Irán negocian ya la segunda ronda de negociaciones sobre la paz
Negociaciones sobre paz y el riesgo en el Líbano Existe riesgo potencial de guerra civil en el Líbano, pero no es inevitable. Su materialización depende de dos factores esenciales: el equlibrio de las fuerzas internas y de la presión bélica externa. La parte positiva es el recuerdo del antecedente bélico previo, que explica por qué los actortes actuales no están por la labor de que se repita una nueva Guerra Civil. Factores que aumentan el riesgo Cualquier intento de desarmar el ejército de Hezbolá por la fuerza. Enfrentamiento entre comunidades religiosas: si una comunidad impone una decision a favor de una guerra, puede surgir un enfrentamiento interno de alto riesgo. El apoyo de Irán a Hezbolá y la confrontación con Israel convierten al territorio libanés en un escenario de presión regional. La persistencia prolongada del conflicto con Israel. El deterioro económico del país que reduce la capacidad del Estado para sostener servicios básicos y aumenta la conflictividad social. Factores que reducen el riesgo La experiencia de la Guerra Civil Libanesa anterior tiene un alto nivel disuasivo para evitar una nueva guerra interna. Ninguno de los dos actores políticos poseen fuerza suficiente para imponerse sin sufrir graves consecuencias. La intervención de algunos Estados occidentales. Posibilidades a corto y medio plazo 1 — Tensión controlada (más probable) Continuación de incidentes y ataques limitados. Mantenimiento del equilibrio interno. Alto nivel de inestabilidad, pero sin guerra civil abierta. 2 — Escalada regional con impacto interno (riesgo intermedio) Intensificación del conflicto con Israel. Desplazamientos internos de población. Posibles enfrentamientos localizados entre facciones. 3 — Guerra civil abierta (menos probable, pero posible)Requeriría una combinación de factores extremos, como: Intento de desarme interno por la fuerza. Ruptura del sistema político confesional. Colapso total del Estado.   Conclusión Existe un riesgo real pero contenido de guerra civil en Líbano. Existe un equilibrio frágil entre facciones y con tesiones externas.El desenlace dependerá menos de decisiones aisladas del gobierno libanés y más de la interacción entre factores internos, presiones externas y evolución del conflicto en su entorno geopolítico inmediato.
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EE.UU. e Irán negocian ya la segunda ronda de negociaciones sobre la paz

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Negociaciones sobre paz y el riesgo en el Líbano

Existe riesgo potencial de guerra civil en el Líbano, pero no es inevitable. Su materialización depende de dos factores esenciales: el equlibrio de las fuerzas internas y de la presión bélica externa. La parte positiva es el recuerdo del antecedente bélico previo, que explica por qué los actortes actuales no están por la labor de que se repita una nueva Guerra Civil.

Factores que aumentan el riesgo

  • Cualquier intento de desarmar el ejército de Hezbolá por la fuerza.
  • Enfrentamiento entre comunidades religiosas: si una comunidad impone una decision a favor de una guerra, puede surgir un enfrentamiento interno de alto riesgo.
  • El apoyo de Irán a Hezbolá y la confrontación con Israel convierten al territorio libanés en un escenario de presión regional.
  • La persistencia prolongada del conflicto con Israel.
  • El deterioro económico del país que reduce la capacidad del Estado para sostener servicios básicos y aumenta la conflictividad social.

Factores que reducen el riesgo

La experiencia de la Guerra Civil Libanesa anterior tiene un alto nivel disuasivo para evitar una nueva guerra interna.

Ninguno de los dos actores políticos poseen fuerza suficiente para imponerse sin sufrir graves consecuencias.

La intervención de algunos Estados occidentales.

Posibilidades a corto y medio plazo

1 — Tensión controlada (más probable)

  • Continuación de incidentes y ataques limitados.
  • Mantenimiento del equilibrio interno.
  • Alto nivel de inestabilidad, pero sin guerra civil abierta.

2 — Escalada regional con impacto interno (riesgo intermedio)

  • Intensificación del conflicto con Israel.
  • Desplazamientos internos de población.
  • Posibles enfrentamientos localizados entre facciones.

3 — Guerra civil abierta (menos probable, pero posible)
Requeriría una combinación de factores extremos, como:

  • Intento de desarme interno por la fuerza.
  • Ruptura del sistema político confesional.
  • Colapso total del Estado.

 

Conclusión

Existe un riesgo real pero contenido de guerra civil en Líbano. Existe un equilibrio frágil entre facciones y con tesiones externas.El desenlace dependerá menos de decisiones aisladas del gobierno libanés y más de la interacción entre factores internos, presiones externas y evolución del conflicto en su entorno geopolítico inmediato.

PORTADA DEL HERALDO DE ARAGÓN Sábado, 11 de julio de 2026
Análisis
Sobre una eventual nulidad probatoria en el caso Zapatero
La reciente iniciativa procesal de la defensa del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, interesando del juez instructor la aclaración de las circunstancias en las que habría sido obtenido en 2021 el teléfono móvil del propietario de la aerolínea Plus Ultra (Rodolfo Reyes) por autoridades de EE.UU., merece algunas reflexiones que van más allá de la estricta dimensión técnica del procedimiento. Conviene comenzar recordando algo elemental en un Estado de Derecho: toda persona goza del derecho fundamental a la presunción de inocencia, y corresponde exclusivamente a los tribunales determinar si existe o no responsabilidad penal. Esa premisa no admite matices ni excepciones oportunistas. Pero precisamente por ello también debe afirmarse, con igual claridad, que la discusión sobre la validez procesal de una prueba no equivale automáticamente a la inexistencia material de los hechos que dicha prueba pudiera revelar. Y ahí reside, probablemente, el núcleo político y jurídico de esta cuestión. Cuando una defensa centra parte de su estrategia en cuestionar el modo de obtención de determinados elementos probatorios, lo que implícitamente se admite —al menos en el plano lógico— es la potencial relevancia y capacidad lesiva de su contenido. En otras palabras: nadie combate con intensidad una prueba inocua. La pretensión de exclusión o nulidad probatoria suele partir precisamente de la percepción de que aquello que contienen esos materiales podría resultar comprometedor. Eso no significa, naturalmente, que exista delito acreditado. Mucho menos condena. Pero sí revela algo políticamente significativo: una evidente preocupación sobre el alcance material de los hechos reflejados en esas comunicaciones o documentos. Y esa circunstancia, aun desvinculada de cualquier conclusión penal definitiva, posee indudable relevancia pública. Resulta llamativo que algunos sectores próximos al expresidente (y  muchos simpatizantes que se adhieren a ellos emotivamente y sin fundamento racional),  intenten desplazar el debate hacia la supuesta inexistencia en España de una regulación suficientemente estricta sobre las actividades posteriores al cese de los altos cargos públicos. El argumento resulta, cuando menos, artificioso. Porque incluso admitiendo hipotéticamente lagunas regulatorias o insuficiencias normativas en materia de incompatibilidades, influencia o actividad internacional de antiguos responsables políticos, ello jamás supondría una suerte de espacio inmune al Derecho. Los ex altos cargos continúan plenamente sometidos a la legalidad ordinaria como cualquier otro ciudadano, sin privilegio ni exención derivados del cargo que un día ocuparon. La ausencia de una regulación específica no convierte en lícito aquello que eventualmente pudiera encajar en tipos penales ya existentes. El Código Penal no desaparece por falta de una ley sectorial complementaria. Del mismo modo que la inexistencia de una norma concreta sobre determinadas conductas posgubernatmentales no puede operar como coartada preventiva frente a eventuales delitos de tráfico de influencias, corrupción internacional, cohecho, blanqueo o cualquier otra figura en juego, ya tipificada en el Orden Penal. Hay algo más: el recurso al vacío normativo como argumento defensivo revela, paradójicamente, una concepción puramente positivista y reduccionista de la ética pública. Como si la licitud de una conducta dependiera únicamente de que nadie hubiera tenido todavía el cuidado de prohibirla expresamente. Semejante razonamiento, trasladado a otros ámbitos, resultaría inaceptable. En el ámbito de quienes han ejercido la máxima autoridad del Estado, resulta además incompatible con las exigencias mínimas de ejemplaridad institucional que el cargo impone. Por eso sorprende que quienes defienden con mayor vehemencia la absoluta corrección de determinadas actuaciones recurran simultáneamente a justificaciones tan poco naturales como la supuesta inexistencia de regulación. Una actuación verdaderamente transparente rara vez necesita apoyarse en razonamientos de esa naturaleza. La cuestión de fondo no es, en realidad, si existía o no una regulación administrativa más detallada sobre la actividad privada posterior de un expresidente. La cuestión esencial es otra mucho más simple: si determinadas conductas fueron o no conformes a Derecho. Y precisamente por eso el debate sobre la validez de las pruebas no debería utilizarse como cortina de humo para evitar el análisis político y ético de los hechos conocidos. En democracia, la responsabilidad pública no se agota en la mera inexistencia de condena penal firme. Existen también estándares de ejemplaridad, prudencia institucional y apariencia de integridad que resultan exigibles —si cabe con mayor intensidad— a quienes han ocupado las más altas magistraturas del Estado. Porque las democracias no solo se deterioran por las condenas judiciales. También lo hacen cuando determinadas prácticas comienzan a normalizarse socialmente bajo la excusa de que "no había regulación suficiente", como si la ética pública dependiera exclusivamente de la existencia de un reglamento minucioso que especifique lo que cualquier persona con sentido común ya sabe que no debería hacerse. La sujeción a la Ley, al interés general y a unos mínimos principios de decencia institucional precede siempre a cualquier vacío normativo. Y quienes gobernaron este país deberían saberlo mejor que nadie.
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Sobre una eventual nulidad probatoria en el caso Zapatero

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La reciente iniciativa procesal de la defensa del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, interesando del juez instructor la aclaración de las circunstancias en las que habría sido obtenido en 2021 el teléfono móvil del propietario de la aerolínea Plus Ultra (Rodolfo Reyes) por autoridades de EE.UU., merece algunas reflexiones que van más allá de la estricta dimensión técnica del procedimiento.

Conviene comenzar recordando algo elemental en un Estado de Derecho: toda persona goza del derecho fundamental a la presunción de inocencia, y corresponde exclusivamente a los tribunales determinar si existe o no responsabilidad penal. Esa premisa no admite matices ni excepciones oportunistas. Pero precisamente por ello también debe afirmarse, con igual claridad, que la discusión sobre la validez procesal de una prueba no equivale automáticamente a la inexistencia material de los hechos que dicha prueba pudiera revelar.

Y ahí reside, probablemente, el núcleo político y jurídico de esta cuestión.

Cuando una defensa centra parte de su estrategia en cuestionar el modo de obtención de determinados elementos probatorios, lo que implícitamente se admite —al menos en el plano lógico— es la potencial relevancia y capacidad lesiva de su contenido. En otras palabras: nadie combate con intensidad una prueba inocua. La pretensión de exclusión o nulidad probatoria suele partir precisamente de la percepción de que aquello que contienen esos materiales podría resultar comprometedor.

Eso no significa, naturalmente, que exista delito acreditado. Mucho menos condena. Pero sí revela algo políticamente significativo: una evidente preocupación sobre el alcance material de los hechos reflejados en esas comunicaciones o documentos. Y esa circunstancia, aun desvinculada de cualquier conclusión penal definitiva, posee indudable relevancia pública.

Resulta llamativo que algunos sectores próximos al expresidente (y  muchos simpatizantes que se adhieren a ellos emotivamente y sin fundamento racional),  intenten desplazar el debate hacia la supuesta inexistencia en España de una regulación suficientemente estricta sobre las actividades posteriores al cese de los altos cargos públicos. El argumento resulta, cuando menos, artificioso.

Porque incluso admitiendo hipotéticamente lagunas regulatorias o insuficiencias normativas en materia de incompatibilidades, influencia o actividad internacional de antiguos responsables políticos, ello jamás supondría una suerte de espacio inmune al Derecho. Los ex altos cargos continúan plenamente sometidos a la legalidad ordinaria como cualquier otro ciudadano, sin privilegio ni exención derivados del cargo que un día ocuparon.

La ausencia de una regulación específica no convierte en lícito aquello que eventualmente pudiera encajar en tipos penales ya existentes. El Código Penal no desaparece por falta de una ley sectorial complementaria. Del mismo modo que la inexistencia de una norma concreta sobre determinadas conductas posgubernatmentales no puede operar como coartada preventiva frente a eventuales delitos de tráfico de influencias, corrupción internacional, cohecho, blanqueo o cualquier otra figura en juego, ya tipificada en el Orden Penal.

Hay algo más: el recurso al vacío normativo como argumento defensivo revela, paradójicamente, una concepción puramente positivista y reduccionista de la ética pública. Como si la licitud de una conducta dependiera únicamente de que nadie hubiera tenido todavía el cuidado de prohibirla expresamente. Semejante razonamiento, trasladado a otros ámbitos, resultaría inaceptable. En el ámbito de quienes han ejercido la máxima autoridad del Estado, resulta además incompatible con las exigencias mínimas de ejemplaridad institucional que el cargo impone.

Por eso sorprende que quienes defienden con mayor vehemencia la absoluta corrección de determinadas actuaciones recurran simultáneamente a justificaciones tan poco naturales como la supuesta inexistencia de regulación. Una actuación verdaderamente transparente rara vez necesita apoyarse en razonamientos de esa naturaleza.

La cuestión de fondo no es, en realidad, si existía o no una regulación administrativa más detallada sobre la actividad privada posterior de un expresidente. La cuestión esencial es otra mucho más simple: si determinadas conductas fueron o no conformes a Derecho.

Y precisamente por eso el debate sobre la validez de las pruebas no debería utilizarse como cortina de humo para evitar el análisis político y ético de los hechos conocidos. En democracia, la responsabilidad pública no se agota en la mera inexistencia de condena penal firme. Existen también estándares de ejemplaridad, prudencia institucional y apariencia de integridad que resultan exigibles —si cabe con mayor intensidad— a quienes han ocupado las más altas magistraturas del Estado.

Porque las democracias no solo se deterioran por las condenas judiciales. También lo hacen cuando determinadas prácticas comienzan a normalizarse socialmente bajo la excusa de que "no había regulación suficiente", como si la ética pública dependiera exclusivamente de la existencia de un reglamento minucioso que especifique lo que cualquier persona con sentido común ya sabe que no debería hacerse.

La sujeción a la Ley, al interés general y a unos mínimos principios de decencia institucional precede siempre a cualquier vacío normativo. Y quienes gobernaron este país deberían saberlo mejor que nadie.

OPINION

Esta sección recoge análisis críticos y de denuncia sobre tendencias ideológicas, sesgos mediáticos e institucionales, y manipulaciones del debate público. El tono es deliberadamente combativo.

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