Fecha: 15 de octubre de 2026
Autor: R. Trigo
Categoría: GENERALISTA
Tipo: Artículo de opinión
La inflación del 4,9 %: ¿quién se preocupa por la economía real de los ciudadanos?
Se oye hablar de crecimiento económico, de empleo y de grandes cifras macroeconómicas. A medida que se acercan las elecciones, se hace de forma poco objetiva y partidista, con la intención evidente de orientar el voto hacia espacios favorables. Ya sabemos cómo funcionan la política y los políticos. A mí me intriga una pregunta mucho más sencilla: ¿viven hoy mejor los ciudadanos españoles o tienen cada vez más dificultades para llegar a fin de mes?
Según el indicador adelantado del Instituto Nacional de Estadística, la inflación anual se situó en septiembre de 2026 en el 4,9 %, seis décimas por encima de la de agosto. No es una cifra menor. La cesta de la compra cuesta más que hace un año. Además, cuando la inflación baja, los precios no vuelven a sus niveles anteriores: simplemente suben más despacio. Lo que se encarece se queda caro.
Hay un detalle revelador. La inflación subyacente, que excluye la energía y los alimentos no elaborados, se queda en el 3,1 %. Por tanto, buena parte del repunte procede de lo que no se puede dejar de comprar: la comida y la energía. El IPC es un promedio estadístico. Quien dedica una parte importante de sus ingresos al alquiler, la alimentación, la electricidad o el combustible sufre un encarecimiento superior a la media.
Salarios que corren detrás de los precios
El quid de la cuestión está en que los ingresos no se mueven al mismo compás. Según la estadística del Ministerio de Trabajo, la subida salarial media pactada en convenio hasta agosto fue del 3,04 %, frente a un IPC del 4,3 % en ese mismo mes. Es más de un punto de diferencia. Ni siquiera los convenios firmados este año, con subidas algo mayores, alcanzan a los precios. El resultado es la paradoja que tantos trabajadores constatan: el salario sube y, sin embargo, permite comprar menos. Y solo una minoría está protegida por una cláusula de revisión salarial: alrededor de 3,3 millones de los 8,2 millones de trabajadores cubiertos por convenio.
Tras tres años en los que los salarios habían ido recuperando terreno, todo apunta a que 2026 puede romper esa tendencia.
Más allá de las estadísticas
La última Encuesta de Condiciones de Vida del INE, correspondiente a 2025, ofrece un dato que debería preocupar: el 36,4 % de los hogares no podía afrontar un gasto imprevisto con sus propios recursos, seis décimas más que el año anterior. Es cierto que la tasa de riesgo de pobreza o exclusión social bajó al 25,7 %, la más baja de su serie. Pero conviene leer la letra pequeña: la encuesta se realizó entre febrero y mayo de 2025, con una inflación de entre el 2 % y el 3 %. Es una fotografía tomada antes del repunte actual. Incluso en aquel contexto más benigno, más de un tercio de los hogares carecía de reservas para una avería, un gasto médico o una reparación urgente. Eso dice mucho de la fragilidad sobre la que se asienta la economía doméstica.
Los políticos despachan estos hechos con una referencia al crecimiento del PIB. Pero la economía puede crecer y, al mismo tiempo, mantener a buena parte de los ciudadanos en una situación de fragilidad financiera, mientras los frutos de ese crecimiento se reparten de forma desigual. Tampoco basta con conocer el salario medio. Necesitamos saber qué ocurre con la renta disponible de las familias después de impuestos, cuánto cuesta mantener una vivienda y qué capacidad les queda para ahorrar, afrontar una avería o ayudar a los hijos a independizarse.
¿Dónde está el diagnóstico del Gobierno?
Los datos existen; lo que falta es la voluntad de mirarlos en conjunto. Un gobierno serio evaluaría la economía doméstica comparando la evolución acumulada de los precios con la de los salarios, las pensiones y la renta disponible. Analizaría el peso de la vivienda y los suministros, la presión fiscal efectiva y las diferencias entre jóvenes, pensionistas, trabajadores y autónomos. Los indicadores macroeconómicos pueden ser favorables sin que ello mejore la vida cotidiana de las personas. Esconder lo segundo detrás de lo primero es una falacia a la que se recurre con demasiada frecuencia desde el poder.
Lo que no se mide, no se corrige
La marcha económica de un país debe medirse, ante todo, por cómo viven sus ciudadanos. Si después de trabajar y pagar sus impuestos una familia no puede ahorrar ni afrontar un gasto inesperado, esgrimir las grandes cifras macroeconómicas resulta casi insultante.
Que los precios suban un 4,9 % no es ninguna broma. Pero lo verdaderamente importante es saber si los ingresos reales de los ciudadanos crecen lo suficiente para mantener su nivel de vida. Hoy, los datos indican que no. No pido optimismo ni catastrofismo, sino un diagnóstico honesto que ponga a las familias en el centro del análisis y no al final del discurso. Porque una economía que crece sin que lo note quien la sostiene con su trabajo no es una economía próspera. Es solo una estadística favorable.
Fuentes
• INE – Indicador adelantado IPC septiembre 2026
• Forbes – ECV 2025: gastos imprevistos y tasa AROPE
• Finantres – El IPC apunta al 4,3 % y supera las subidas salariales pactadas
• El Cronista – Salarios de convenio hasta junio y cláusulas de garantía