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El caos en Ceuta obliga a Sánchez a designar a Torres al frente de la crisis

10 septiembre, 2026 48 lecturas
El caos en Ceuta obliga a Sánchez a designar a Torres al frente de la crisis
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Fecha: 22 de agosto de 2026   Autor: R. Trigo   Categoría: GENERALISTA. Tipo: Artículo de opinión.

La contradicción española ante Ceuta: soberanía, separatismo y el silencio de Europa

La contradicción española

España sostiene, correctamente, que Ceuta forma parte de su integridad territorial. Pero el actual Gobierno depende parlamentariamente de formaciones políticas cuyo fundamento ideológico incluye, en algunos casos, precisamente la negación de la integridad territorial española. Independientemente de que esos partidos apoyen la anexión marroquí de Ceuta —porque no hay prueba de ello—, sí surge la contradicción: un Gobierno puede afirmar frente a Rabat «Ceuta es España y la integridad territorial española no se negocia» y, simultáneamente, necesitar —para mantenerse en el poder— el apoyo de fuerzas políticas que sostienen que determinados territorios españoles tienen derecho a abandonar España. Reconozcan que, cuando menos, la cuestión resulta «incómoda» para una persona coherente con una moral media.

Si la integridad territorial de España es un principio, debería serlo frente a todos. No puede ser innegociable cuando lo cuestiona Marruecos y negociable cuando lo cuestionan determinados partidos españoles. Tampoco es lícito utilizar el principio de autodeterminación de manera selectiva (¿oportunista?).

El espejo del separatismo

El paralelismo me lleva a una reflexión más amplia. Por un lado, los nacionalistas separatistas españoles sostienen, en términos generales, que determinados territorios poseen una identidad nacional propia y que sus habitantes deberían poder decidir separarse de España.

Por otro, Marruecos sostiene que Ceuta y Melilla poseen una identidad territorial vinculada a Marruecos y que deberían «volver» a su patria.

Salvando las distancias entre ambas posturas, ¿cómo y quién decide la soberanía de un territorio?

Si la respuesta es que basta la existencia de una identidad nacional diferenciada, la pregunta resulta incómoda para España, porque Marruecos puede formular exactamente el mismo argumento desde fuera.

Si la respuesta es que las fronteras de un Estado no pueden modificarse unilateralmente por razones identitarias, España debería aplicar ese principio con la misma claridad dentro de sus propias fronteras. Y me temo que pagaría un alto precio: perder el poder, lo cual tiene poco de discusión sentimental sobre identidades.

La cuestión es establecer un principio general.

¿Qué ocurriría con los ceutíes?

Supongamos por un instante que Marruecos consiguiera su objetivo. España aceptase negociar. Y finalmente se produjera una modificación de la soberanía. ¿Qué ocurriría con los ciudadanos de Ceuta?

Esta pregunta suele desaparecer de los discursos nacionalistas. Pero es precisamente la más importante.

¿Perderían la nacionalidad española? ¿Conservarían la nacionalidad española? ¿Tendrían doble nacionalidad? ¿Mantendrían sus instituciones? ¿Conservarían su régimen fiscal? ¿Seguirían utilizando el euro? ¿Seguirían siendo ciudadanos de la Unión Europea? ¿Podrían votar en las elecciones españolas? ¿Mantendrían sus actuales derechos constitucionales? ¿Tendría Marruecos que reconocer un régimen jurídico excepcional para una población que actualmente es española?

Y, sobre todo: ¿qué sucedería si los ceutíes dijeran que no quieren ser marroquíes?

No existe una respuesta sencilla. Porque una transferencia de soberanía no consiste en mover una frontera sobre un mapa. Consiste en cambiar el Estado al que pertenecen seres humanos concretos.

La voluntad de los habitantes

Ceuta no está deshabitada. No es un territorio sobre el que dos gobiernos puedan discutir como si se tratara exclusivamente de una parcela de terreno. Hay ciudadanos. Y esos ciudadanos tienen derechos.

Por eso, cualquier hipotética modificación de soberanía debería enfrentarse a una cuestión elemental: ¿qué quieren los habitantes de Ceuta?

Esta pregunta debería ser inevitable para cualquier demócrata. Si la población quiere continuar siendo española, ¿con qué fundamento democrático podría imponérsele una nacionalidad distinta? Y si Marruecos sostiene que la población de Ceuta debe regresar a la «patria marroquí», ¿por qué la voluntad de quienes viven allí debería ser secundaria frente a una reivindicación histórica formulada desde Rabat?

La responsabilidad del Gobierno español

El Gobierno tiene ahora una obligación que va más allá de las declaraciones diplomáticas. Debe decidir qué significa realmente defender Ceuta.

El 31 de julio, Pedro Sánchez afirmó que se emplearían «todos los recursos del Estado» para garantizar la seguridad de la ciudad y calificó lo ocurrido de ataque a la integridad territorial española. Pues bien: si fue un ataque a la integridad territorial, España debería actuar en consecuencia.

No significa necesariamente recurrir a una respuesta militar. Significa algo mucho más elemental: que ninguna presión migratoria, económica o diplomática pueda convertirse en un mecanismo capaz de modificar de hecho la situación territorial de España.

La cooperación con Marruecos puede ser necesaria. La lucha contra la inmigración ilegal puede requerir cooperación. La relación económica entre ambos países es importante. Pero la cooperación no puede convertirse en dependencia. Y una buena relación bilateral no puede tener como precio el silencio sobre una reivindicación territorial explícita.

Y Europa, ¿dónde está?

Hay otro actor que no puede permanecer al margen. Ceuta es España. Pero también es frontera exterior de la Unión Europea. Cuando una presión extraordinaria afecta a la frontera de Ceuta, no solamente está siendo presionada España: está siendo presionada una frontera exterior europea.

La propia Comisión Europea ha reconocido la necesidad de reforzar la respuesta europea ante la situación fronteriza española. La pregunta para Bruselas debería ser sencilla: ¿qué sentido tiene hablar de una frontera exterior común si, cuando esa frontera es sometida a una presión extraordinaria, la defensa efectiva de la frontera queda exclusivamente a cargo del Estado que la administra?

España no debería pedir a Europa que resuelva un problema que es suyo. Pero Europa tampoco debería comportarse como si Ceuta fuese exclusivamente un asunto bilateral entre Madrid y Rabat.

Estados Unidos e Israel

Y todavía queda una dimensión geopolítica. Marruecos mantiene relaciones estratégicas con Estados Unidos. También ha desarrollado una relación particularmente estrecha con Israel. España, por su parte, forma parte de la Unión Europea y de la OTAN.

Por eso sería ingenuo contemplar Ceuta exclusivamente como una disputa entre Madrid y Rabat. Pero también sería irresponsable afirmar, sin pruebas, que Washington o Jerusalén están apoyando una eventual anexión marroquí de las ciudades. La política internacional exige distinguir entre hechos, intereses e hipótesis.

Lo que sí parece evidente es que Marruecos ocupa una posición estratégica demasiado importante como para que sus reivindicaciones territoriales puedan ser ignoradas indefinidamente.

Una frontera que España debe decidir si quiere defender

Ceuta plantea finalmente una cuestión que trasciende a Ceuta. ¿Qué significa hoy la soberanía? Si un Estado puede mantener durante décadas una reivindicación territorial y utilizar sucesivamente instrumentos diplomáticos, económicos, migratorios y políticos para presionar al Estado que ejerce la soberanía, ¿en qué momento deja de ser una simple reivindicación y empieza a convertirse en una estrategia de modificación de la realidad?

No sabemos si Marruecos pretende realmente llegar a una anexión de Ceuta por medios distintos de la negociación. No hay pruebas para afirmarlo. Pero sabemos algo mucho más sencillo: Marruecos sigue reclamando Ceuta. Lo ha vuelto a decir públicamente. Y lo ha hecho después de una crisis fronteriza de dimensiones extraordinarias.

España ha contestado que Ceuta es España. Ahora tiene que demostrar que esa frase significa algo más que una declaración diplomática.

Porque la historia enseña que Ceuta ha resistido durante siglos. Resistió al sultán Muley Ismail durante treinta y tres años de asedio. Lo verdaderamente preocupante sería que España consiguiera perderla algún día sin que nadie hubiera tenido que disparar un solo tiro.

Y entonces la pregunta no sería únicamente por qué se perdió Ceuta. Sería mucho más incómoda: ¿quién decidió que los ceutíes dejaran de ser españoles?