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Marlaska se retrasó con el muro flotante pero carga contra el CNI

10 septiembre, 2026 48 lecturas
Marlaska se retrasó con el muro flotante pero carga contra  el CNI
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Fecha: 5 de agosto de 2026   Autor: R. Trigo   Categoría: GENERALISTA. Tipo: Artículo de opinión.

Una lectura comparada y pausada de la prensa española tras la reciente invasión a través de la frontera de Ceuta constituye, sin más aderezo, un interesante ejercicio de constatación del estado del periodismo en España. Da lugar a cierta estupefacción comprobar cómo los mismos hechos conducen a titulares y conclusiones antagónicas. El fenómeno puede hacer pensar al lector que cada periódico informa sobre hechos distintos.

Los medios próximos al Gobierno autodenominado progresista presentan como principal noticia el respaldo recibido desde Bruselas a la gestión española de la crisis. La secuencia real, sin embargo, es más matizada de lo que esos titulares sugieren: la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, remitió una carta a Pedro Sánchez felicitando tanto a España como a Marruecos por la contención de la situación, mientras que los ministros de Interior de la UE —no el Consejo de Asuntos Exteriores, como suele repetirse por simplificación periodística— expresaron "firme solidaridad" con España en una reunión virtual el 4 de agosto, centrada en reforzar la lucha contra las redes de tráfico de personas. Ese respaldo político, real, convivió desde el primer momento con una condición explícita: la exigencia de reforzar la protección de las fronteras exteriores de la Unión para que el episodio no se repita. Presentar el respaldo sin esa condición —o presentar la condición sin el respaldo— es la misma fragmentación de la que habla este artículo, practicada por ambos bandos editoriales.

En una posición algo más distante, otros periódicos centran su atención en las advertencias formuladas desde Bruselas acerca de la necesidad de reforzar la vigilancia de las fronteras exteriores de la Unión. En estas informaciones comienza a aflorar otra cuestión especialmente delicada: la posible falta de anticipación de los servicios de inteligencia españoles —sindicatos y asociaciones policiales habían advertido días antes sobre la presión migratoria y la falta de recursos— y las dudas sobre la eficacia de los mecanismos de prevención y respuesta ante una operación de estas características.

No faltan tampoco quienes subrayan que las instituciones europeas han cuestionado la oportunidad política de la regularización extraordinaria de migrantes, procurando desvincularla expresamente de la crisis fronteriza para evitar que pueda interpretarse como un incentivo a nuevos movimientos migratorios. Aquí también conviene precisar: el programa de regularización, anunciado a principios de año con el objetivo declarado de dar vía legal a unos 500.000 migrantes indocumentados, recibió más de un millón de solicitudes. Y, finalmente, algunos medios optan por desplazar el foco hacia los efectos económicos de dicha regularización, destacando el incremento histórico de las afiliaciones a la Seguridad Social, como si el balance estadístico bastara para neutralizar el debate sobre sus consecuencias en materia de seguridad y control de fronteras.

El distanciamiento europeo que la información oficial minimiza

Aquí es donde la versión dominante en los medios afines al Gobierno se vuelve más incompleta, porque el respaldo institucional descrito arriba no fue unánime ni estuvo exento de fricción. Veintidós jefes de Estado y de Gobierno de la Unión remitieron una carta conjunta a la presidencia irlandesa del Consejo, a António Costa y a Ursula von der Leyen en la que sostienen que decisiones recientes adoptadas por España —entre ellas, la sentencia del Tribunal Supremo sobre las llamadas devoluciones en caliente y la propia regularización extraordinaria— podrían haber operado como factor de llamada para nuevas entradas. Es, dicho sin eufemismos, una crítica directa a la política migratoria del Ejecutivo español firmada por veintidós socios comunitarios, no una discrepancia marginal de dos o tres gobiernos incómodos.

El episodio más visible de ese distanciamiento fue el protagonizado por Italia. La primera ministra Giorgia Meloni pidió suspender la participación de España en el espacio Schengen y endurecer los controles de viaje desde territorio español. Su ministro de Asuntos Exteriores, Antonio Tajani, llegó a afirmar —sin aportar pruebas— que la política migratoria de Madrid "fomenta el tráfico de personas", lo que llevó a Albares a convocar al embajador italiano en Madrid. El propio Sánchez trasladó por escrito a von der Leyen, Costa y al primer ministro irlandés Micheál Martin —que ejerce la presidencia rotatoria y ha actuado de mediador— su "profunda preocupación" por la reacción de "algunos gobiernos europeos". Albares, por su parte, habló de una "internacional reaccionaria" que habría difundido "mentiras y falsas noticias" incluso antes de que España y Marruecos pudieran evaluar el alcance real de la crisis, y llegó a reprochar a Italia no haber estado "a la altura", en referencia a la gestión italiana de Lampedusa.

El resultado final —el respaldo expreso obtenido en la reunión de ministros de Interior y la carta de von der Leyen— se ha presentado en los medios afines como una reivindicación plena de la gestión del Gobierno. Es más exacto describirlo como lo que el ministro irlandés de Interior, Jim O'Callaghan, resumió: una Unión que se declara "unida y dispuesta a apoyar a España" a cambio de un compromiso de reforzar el control fronterizo exterior. Es un respaldo condicionado y alcanzado después de gestionar activamente el malestar de varios socios, no una absolución sin matices. Omitir la carta de los veintidós o la disputa con Italia para quedarse solo con la foto final de solidaridad es exactamente el tipo de selección editorial que este artículo denuncia en el resto de la prensa.

Como sería el caso en una sociedad profundamente dividida y fragmentada, se suceden interpretaciones para todos los gustos. Cada línea editorial selecciona aquellos aspectos que mejor encajan con su propio marco ideológico, relegando a un segundo plano otros hechos igualmente relevantes. El resultado es una ciudadanía que recibe una realidad fragmentada, filtrada y frecuentemente condicionada por intereses políticos, ideológicos y comerciales.

Sin embargo, quizá el aspecto más preocupante sea precisamente aquello sobre lo que apenas se escribe. Más allá de las responsabilidades inmediatas, de los reproches partidistas o de la batalla por ganar la guerra de opiniones, la cuestión verdaderamente trascendente es que Europa acaba de enfrentarse a un escenario que desborda los parámetros tradicionales de la gestión migratoria.

Los acontecimientos vividos en Ceuta, con cerca de sesenta mil personas cruzando la frontera en el curso de la crisis —algunas fuentes hablan de más de setenta mil entradas en un solo periodo de veinticuatro horas—, superan en magnitud incluso la crisis de mayo de 2021. Obligan a replantear el concepto mismo de protección de las fronteras exteriores de la Unión Europea. Ya no estamos únicamente ante un problema de política migratoria, ni siquiera exclusivamente de cooperación policial. Nos encontramos ante un desafío híbrido en el que confluyen inmigración irregular, presión diplomática ejercida por terceros Estados (¿Marruecos?, en el contexto de la reciente visita de Sánchez a Argelia), desinformación —el propio Albares atribuyó parte del efecto llamada a bulos difundidos en redes sociales sobre un supuesto acceso automático a la permanencia en Europa— y graves deficiencias en los sistemas de inteligencia y respuesta estratégica.

Conviene, eso sí, situar el episodio en su contexto continental: los cruces irregulares hacia la UE en su conjunto han caído un 37% en el primer semestre de 2026 respecto al mismo periodo del año anterior, según la propia agencia fronteriza comunitaria. Ceuta no es representativa de una tendencia general al alza, sino un pico agudo y localizado que, precisamente por su concentración temporal y geográfica, ha resultado desbordante para los dispositivos existentes.

Las fronteras exteriores de la Unión han dejado de ser una cuestión exclusivamente nacional para convertirse en un elemento esencial de la seguridad colectiva europea, como se ha puesto en evidencia por la propia reunión de urgencia de los ministros de Interior, por mucho que el Gobierno español se apunte el tanto del protagonismo de la convocatoria de una manera claramente ficticia. Cuando una frontera española es vulnerada de forma masiva, no solo se pone en cuestión la capacidad del Estado para ejercer el control efectivo de su territorio, sino también la credibilidad del propio espacio Schengen y del sistema común de seguridad europeo —credibilidad que, no por casualidad, es precisamente lo que Italia puso sobre la mesa al reclamar su suspensión.

La tragedia adquiere una dimensión aún más dramática cuando se recuerda su coste humano, y aquí también los hechos se cuentan de forma distinta a cada lado de la valla. España, a través de la Guardia Civil, elevó su balance a 72 personas fallecidas confirmadas, mientras que el Gobierno de la ciudad autónoma, presidido por Juan Vivas, contabilizaba 88 cadáveres recibidos en la morgue improvisada del antiguo hospital militar de Ceuta —algunos correspondientes a intentos de cruce de las dos semanas previas—; buzos del GEAS calculaban que otros quince cuerpos podían seguir en el fondo del mar, y la Asociación Unificada de Guardias Civiles llegó a hablar de más de cien víctimas. Marruecos, por su parte, tardó tres días en ofrecer un balance oficial y lo fijó en solo 11 fallecidos en sus aguas —diez ahogados y uno por caída en zona rocosa—, una cifra que su propio Ministerio del Interior presentó como provisional y "en verificación" con las autoridades españolas. El mismo desfase se repite con el número de entradas: Rabat habla de 40.000, Madrid de más de 69.000 salidas voluntarias contabilizadas. Ni siquiera el recuento de los muertos escapa, por tanto, a la lógica de versiones paralelas que abre este artículo. Detrás de esas cifras, sea cual sea su valor final, existen historias personales, redes criminales de tráfico de seres humanos, familias rotas —muchas de ellas esperando aún noticias al otro lado de la valla, con menores incluidos entre los desaparecidos— y un fracaso colectivo de las políticas de cooperación, prevención y control. Reducir semejante desastre a un intercambio de titulares favorables o desfavorables para el Gobierno constituye una simplificación que resulta difícilmente justificable.

La reflexión, por tanto, debería dirigirse hacia cuestiones mucho más profundas. ¿Qué información manejaban realmente los servicios de inteligencia? ¿Existieron advertencias previas que no fueron debidamente atendidas —más allá de las que ya formularon públicamente sindicatos policiales antes de la crisis—? ¿Disponían las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad de los recursos humanos y materiales adecuados? ¿Ha funcionado el sistema europeo de coordinación de fronteras tal y como fue concebido? Sin perjuicio de la grave irresponsabilidad del Gobierno español, ¿qué responsabilidad corresponde a las instituciones comunitarias en la protección de las fronteras exteriores? ¿Puede seguir afrontándose este fenómeno con instrumentos diseñados para una realidad geopolítica que ya no existe? ¿Y hasta qué punto tienen razón los veintidós firmantes de la carta a Bruselas cuando señalan que ciertas decisiones internas españolas —devoluciones en caliente, regularización extraordinaria— pueden actuar como factor de atracción, más allá de que uno comparta o no el fondo de esas políticas?

Responder a estas preguntas exige abandonar el terreno de la propaganda —española e italiana por igual— y adentrarse en un análisis sereno, técnico y desapasionado. Solo así será posible desmenuzar el cúmulo de omisiones, errores de planificación, decisiones políticas y fallos operativos que han desembocado en una crisis de semejante magnitud.

La reciente invasión de la frontera de Ceuta no constituye únicamente un episodio migratorio. Representa un punto de inflexión en la concepción de la seguridad europea, y también un ensayo general de hasta qué punto la solidaridad comunitaria resiste cuando un socio grande —España— entra en conflicto abierto con otro socio grande —Italia— sobre cómo gestionar la misma amenaza. La Unión deberá decidir si continúa reaccionando de forma coyuntural ante cada crisis, gestionando cartas de veintidós países y embajadores convocados a golpe de titular, o si, por el contrario, asume definitivamente que la protección de sus fronteras exteriores constituye uno de los pilares fundamentales de su propia existencia como espacio político, jurídico y de libertad. Porque, en definitiva, cuando una frontera deja de ser segura, no solo queda comprometida la soberanía del Estado que la custodia; se resiente también la confianza de todos los ciudadanos europeos en la capacidad de sus instituciones para garantizar el primero de los bienes públicos: la seguridad.