La Política del Bloqueo: Cuando la Sigla Devora al Ciudadano
La afirmación de Fernández Mañueco pone de manifiesto una crisis de utilidad en la representación democrática. En esta postura subyace una realidad poco aceptable: los políticos parecen haber olvidado su función esencial, que no es otra que la protección y promoción del interés general.
La Trampa del Narcisismo Partidista
El problema surge cuando los partidos transforman la acción pública en un tablero de juego donde solo importan tres tipos de parámetros: la competencia electoral, la afirmación identitaria y el cálculo táctico. De esta forma, las formaciones políticas dejan de ser herramientas de gestión para convertirse en fines en sí mismas. La exageración de la identidad sobre la utilidad pública dificulta la adopción de decisiones que, en un entorno de racionalidad, contarían con un amplio consenso social.
El Desfase entre el Voto y el Bien Común
Estas taras de los políticos, generan una consecuencia devastadora: un desfase insalvable entre las necesidades del ciudadano y la conducta de sus representantes. Mientras la calle demanda soluciones, el sistema ofrece:
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Bloqueo Institucional: La incapacidad de ceder convierte al adversario en enemigo y a la negociación en traición.
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Atraso en Reformas Necesarias: Los problemas estructurales se cronifican porque nadie quiere que el "otro" se apunte el tanto de la solución.
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Pérdida de Confianza: El ciudadano percibe que su voto es rehén de una lógica partidista que no le beneficia, alimentando el desapego hacia el sistema democrático.
Conclusión: Una Disfunción Sistémica
En una situación de desgaste natural de un Gobierno constituido merced a unos pactos de conveniencia poco naturales y menos fiables, el juego de poder del PP y Vox devienen -desde el punto de vista racional y democrático-, inaceptables.
La incapacidad de alcanzar acuerdos en cuestiones que son claramente beneficiosas para la población evidencia una grave disfunción del sistema político. Cuando la lógica de la supervivencia de la sigla termina imponiéndose de forma sistemática al interés general, la política deja de servir al ciudadano para servirse a sí misma.
Si un partido solo es "útil" en función de con quién pacta o a quién derrota, y no por su capacidad para mejorar la vida de la gente, estamos ante una política vacía que ha sustituido la gestión del bien común por la gestión del poder. Solo queda prepararse para el sepelio de la nación y de su unidad esencial.