Izquierda y derecha: dos categorías políticas, no dos religiones morales
Todos tenemos una idea particular del significado de la díada izquierda/derecha. Pero cuando se intenta acceder a una noción objetiva surgen múltiples contradicciones. Unos identifican derecha con libertad y otros con autoritarismo; unos defienden que izquierda es igualdad, mientras otros lo hacen con el intervencionismo. Este maremágnum de ideas contradictorias y muchas veces beligerantes pone en evidencia que la realidad es bastante más compleja.
El primer y grave error consiste en identificar ideología con los partidos que proclaman ser sus representantes. El segundo, no menos grave, es creer que izquierda y derecha son conceptos morales. Nada más lejos de la realidad, porque son categorías políticas nacidas hace más de 200 años.
Si buscamos su origen, aunque sea formal, nos encontramos con que en la Asamblea Nacional francesa de 1789 aquellos que eran partidarios del rey se sentaban a la derecha, mientras que quienes pretendían limitar su poder lo hacían a la izquierda. Es un origen formal o físico, disposicional, de un mero símbolo que ha evolucionado enormemente hasta hoy: lo que ha cambiado con el tiempo no es la forma binaria del eje, sino el contenido semántico que cada época ha ido depositando en cada uno de sus lados.
Para desentrañar el concepto no hay que hablar de partidos, sino de cómo responden una idea y otra a las mismas preguntas: ¿qué es igualdad?, ¿cuánto protagonismo hay que dar al Estado?, ¿qué valores se priorizan en cada caso?
Así, la izquierda impulsa la desaparición de las desigualdades sociales, mientras la derecha acepta parcialmente la desigualdad si surge del ejercicio de la libertad individual. También la izquierda propugna la intervención principal del Estado, mientras la derecha da más peso a la iniciativa privada; es decir, hay izquierdas intervencionistas y derechas liberales.
La izquierda pone el acento en valores como igualdad, solidaridad y protección social; la derecha, en libertad, responsabilidad individual y propiedad. Pero ambas colecciones son en realidad prioridades, no absolutos.
Así, no toda izquierda es igualitaria, porque hay muchos casos de izquierda socialista, socialdemócrata, comunista, ecologista... En contrapartida, hay derecha conservadora, nacionalista, liberal clásica...
La cuestión de fondo es reconocer que no existe incompatibilidad entre libertad e igualdad. La contienda surge cuando se decide cuánto hay que sacrificar de una para obtener más de la otra.
En este panorama es fácil caer en la caricatura: “la derecha es de los ricos”; “la izquierda empobrece y no genera medios, los dilapida”. En realidad, ambas caricaturas forman parte del discurso de todos los sistemas políticos. Por eso hoy no basta la etiqueta: hay partidos de izquierdas económicamente igualitarios y socialmente conservadores, y partidos económicamente liberales y culturalmente progresistas.
Hay que evitar, por lo tanto, la manipulación, distinguiendo lo que es análisis de lo que es mera propaganda. Derecha e izquierda no son sinónimos de buenos o malos, inteligentes o ignorantes, demócratas o autoritarios. Son tradiciones políticas que responden de manera diferente a cuestiones permanentes: cuánto poder debe tener el Estado, cómo repartir la riqueza, qué papel desempeña el mercado, qué importancia tienen la tradición, la libertad y la igualdad.
Comprenderlas exige abandonar los eslóganes y analizar los principios. Solo así puede formarse un criterio propio, libre tanto de la propaganda partidista como de la demagogia.
La verdadera división no es entre quienes se llaman de derechas y quienes se llaman de izquierdas. La verdadera división está entre quienes razonan y quienes simplemente repiten consignas. Una ciudadanía libre no necesita elegir primero un bando; necesita comprender antes los principios, contrastar los hechos y juzgar después las propuestas.
Un ejemplo aplicado: el caso español
Este esquema conceptual permite entender un fenómeno recurrente en la política española reciente que recuerda, por su lógica de movilización permanente y deslegitimación del adversario, a la estrategia del Frente Popular en los años previos a la Guerra Civil. Una parte de la izquierda mantiene un estado de movilización casi permanente —manifestaciones, campañas mediáticas, relatos de emergencia democrática— cuyo efecto práctico es deslegitimar de antemano cualquier alternancia hacia una opción de derechas, y hacerlo presentando a esa derecha bajo una imagen trasnochada, parcial y deformada, más cercana al pasado que a las opciones reales existentes en el arco parlamentario actual.
Esta estrategia cobra especial relevancia cuando quien la despliega es precisamente un Gobierno que gobierna sin mayoría parlamentaria propia, que ha convertido el decreto-ley en su principal herramienta legislativa —viéndose incluso derogados varios de ellos en el Congreso— y que tiene abiertas causas judiciales por corrupción contra personas de su entorno más próximo, causas que, mientras no exista sentencia firme, deben entenderse en el marco de la presunción de inocencia, pero que no por ello dejan de constituir un hecho procesal verificable y de indudable relevancia política. En ese contexto, evitar la convocatoria de elecciones y sustituir el contraste de programas por la agitación del fantasma del franquismo no es debate político: es la explotación de un estereotipo histórico como herramienta para cerrar la discusión antes de abrirla, y para que el pueblo no tenga ocasión de pronunciarse. Es exactamente el mecanismo de manipulación descrito más arriba, aplicado al caso concreto.