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Portada de El Mundo

Un gobierno en busca de consuelo

22 mayo, 2026 38 lecturas
Un gobierno en busca de consuelo

Hay imágenes que pretenden transmitir fortaleza y acaban proyectando exactamente lo contrario. La portada de hoy de El Mundo contiene una de ellas, que va bien con este pie:

"Pedro Sánchez en la sede de la UME de Torrejón de Ardoz, junto a la vicepresidenta Sara Aagsen, durante la presentación de la campaña contra incendios de 2026".

En plena tormenta política y judicial, el Gobierno aparece refugiado en una escena cuidadosamente construida de cercanía, serenidad y afecto institucional. El mensaje visual es evidente: tranquilidad, unidad, normalidad. Pero precisamente por eso el resultado produce el efecto contrario. Cuando un poder necesita exhibir de manera tan intensa su calma, es porque el nerviosismo ya se ha instalado en el ambiente político.

El texto que acompaña a la fotografía resulta todavía más revelador. Se habla abiertamente del impacto que determinadas investigaciones judiciales están teniendo sobre el núcleo del sanchismo y sobre la estabilidad del Ejecutivo. La cuestión relevante no es aquí la culpabilidad o inocencia de nadie —algo que corresponde exclusivamente a los tribunales—, sino el deterioro institucional que provoca una situación en la que el Gobierno parece vivir permanentemente pendiente de resistir al siguiente titular, al siguiente auto o a la siguiente filtración.

"Cuando un Gobierno necesita proyectar consuelo constantemente, quizá el problema ya no sea la oposición, ni los jueces, ni la prensa."

Y, sin embargo, lo más llamativo no es eso.

Lo verdaderamente significativo es la persistencia numantina en el poder a cualquier precio. Un Gobierno sostenido no sobre una mayoría nacional coherente, sino sobre una suma de intereses fragmentarios y territoriales que actúan muchas veces como delegaciones diplomáticas de proyectos políticos ajenos entre sí y, en algunos casos, abiertamente incompatibles con la propia idea constitucional de nación común.

La paradoja es difícil de ignorar: mientras se invoca constantemente el progreso, la modernidad o incluso la defensa del Estado, se negocia simultáneamente con fuerzas cuya lógica política consiste precisamente en debilitar ese mismo Estado desde dentro para obtener ventajas particulares.

Y aquí aparece una realidad incómoda: esos apoyos no responden a afinidades ideológicas profundas ni a lealtades estables. Responden a cálculo puro. A intercambio. A utilidad coyuntural. Si mañana otro Gobierno ofreciera más competencias, más financiación o más privilegios, muchos de esos socios cambiarían de aliado con absoluta naturalidad política. No hay proyecto común; hay aritmética parlamentaria y aprovechamiento estratégico.

Eso explica la sensación creciente de que España funciona a veces no como una comunidad política integrada, sino como una negociación continua entre territorios que se comportan como entidades casi extranjeras entre sí, cada una maximizando beneficios particulares mientras el interés general desaparece del debate público.

La imagen de hoy transmite justamente eso: un poder agotado buscando refugio emocional y mediático mientras el edificio institucional cruje alrededor.

Porque cuando un Gobierno necesita proyectar consuelo constantemente, quizá el problema ya no sea la oposición, ni los jueces, ni la prensa. Quizá el problema sea que ha dejado de gobernar para limitarse a sobrevivir.